La música discreta
invade con destreza
cuanto se propone,
cuanto espera.
Guitarras harmónicas
suenan y rompen
monotonías estrictas.
Gritos y pasiones
convergen en un punto
aun divergiendo en lo global.
Escapemos, lo material
sólo dictará el final.
El continuo
está por determinar.
domingo, 23 de noviembre de 2014
viernes, 21 de noviembre de 2014
Bobol II: Óscar y Elena
La realidad es ridícula, absurda, insultante. Óscar se nos presenta débil, pusilánime, sin un ápice de confianza, y mucho menos con capacidad para enfrentarse a la realidad. El Otro, y él mismo también, le imponen una especie de ostracismo, y de la vida misma se ve expulsado. Cómo presentar esta distancia con el mundo real y no-acceso de lo trascendente, representado por la Mujer, sino con una metáfora de la imposibilidad para el acto sexual: gracias a él la existencia de la especie se perpetuará y habrá una trascendencia más allá de nuestra vida en el Mundo, a la vez que nos une íntimamente con el presente, con el Otro, es decir, con la Realidad. De nuevo, la relación con la Mujer se presenta no como algo más en la vida, sino como eje rector de la misma, central y constante, que modulará todo lo demás.
Elena es quien saca a coalición las necesidades de la pareja, y también se presenta como guía para Óscar. Experimentada en el mundo real, con el que Óscar no sabe lidiar, y en el fantástico, al que Óscar todavía no ha accedido, es conocedora de todo e ilumina el camino de nuestro protagonista: en esta escena el juego de luces y sombras nos puede hacer creer que Óscar está experimentando una aparición mariana, mientras que un plano más apagado se nos presenta a Elena, como un ente mucho más real, sin la trascendencia que parece estár sufriendo Óscar. Elena sólo es Dios cuando es vista a través de los ojos de Óscar. La realidad es tal y como se nos presenta al inicio de la conversación: normal, de carne.
Ésto no se mantiene así durante mucho tiempo, pues el absurdo de nuevo, la cotidianidad de los días, la inercia, entra en escena cuando empiezan a hablar de la comida familiar. En éste momento Elena pierde su condición divina, aparece ella también iluminada, insegura, ante Óscar, el cual toma una actitud más segura de si misma y la rodea con sus brazos. Conforme Óscar comienza a interceder con la vida real de Elena, su familia, ésta deja de ser inaccesible, se rebaja a su plano, y hay incluso cierta violencia de Óscar hacia Elena cuando hablan de la comida de su madre. Sólo cuando destronamos al ente sagrado podemos realmente interceder con él.
Aun así no podrá permanecer en este estado de soberbia, ya que pronto Elena vuelve a la trascendencia, a lo importante, dejando a un lado lo fútil e innecesario. Óscar es incapaz de aceptar en su totalidad que el entorno divino lo acepte, por su rechazo de sí mismo, y debe crear narrativas alternativas para justificarlo. Elena trata de evitar que vuelva a desconectar de la situación, pero se le hace imposible. 'Meta-física' reza sobre el cuadro que atrapa a Óscar, caras misteriosas y desconocidas le sonrien, lo surreal le envuelve por su misma incapacidad ante lo real, y las sombras tiemblan a su alrededor anunciando el pronto desmoronamiento de la situación.
Evitando el acceso a la locura, a la inseguridad, a si mismo frente a Elena, decide excusase, y esta vez sale físicamente de la habitación, para volver a estar solo y no sólo con sus pensamientos.
No es fácil en las situaciones tensas, en las que nos encontramos bajo una presión real o imaginaria, mantener la cordura, saber diferenciar entre nuestras emociones y lo objetivo. Así Óscar se encuentra con J. (Javier Temprado), el cual, sereno, bebiendo cerveza, oculto tras unas gafas de sol, le canta como quien canta a su gran amor. El servicio, donde Óscar esperaba encontrar intimidad, es invadido por un agente extraño, del cual Elena parece no saber nada.
Nuestros fantasmas nunca vienen solos, y siempre tienen un plan, un motto. Así, J. parece reunirse con otros individuos de igual corte grotesca. Entramos así a ser partícipes de la enajenación de Óscar, pues igual que él vivimos sus fantasmas como seres reales: y es que para un loco nada más real hay que sus miedos y fantasías. Observándolos nosotros como reales entramos en su proceso de enajenación.
Elena no está ahí sino para liberar a Óscar, y la danza reluce por su componente expresiva y destructora de cadenas. Más conciliadora baila para él, con su continuo cigarro encendido, su sonrisa concesora y llena de vida, se establece una dualidad clara entre sus movimientos y los de Óscar. Ésto genera también una sensación de incomodidad; y es que no hay liberación sin violencia, no hay libertad sin lucha. Aunque intenta vencer sus miedos, es incapaz.
Ella sigue bailando, tratando de inducir a Óscar, pero vemos como pronto pierde su conexión con él y comienza a bailar para ella sola, creando más distancia todavía que la física que en el momento les separa, perdiendo su apariencia de debilidad pasando de un plano picado a contrapicado. Canta, gesticula, y parece un ser de otro calibre comparada con Óscar. La Mujer, si bien sus instintos son divinos y no busca sino mejorarnos, peca a veces de falta de consciencia frente a los problemas que no entiende. Su éxtasis no es más que contraproducente para nuestro beato.
Vuelve a excusarse, pero esta vez es diferente y la oscuridad se prevee en su rostro: esta vez se está entregando a los brazos de la locura, no trata huir de ella, viaja al pozo más profundo de su ser (o del ser de su amada), como un ciego a tientas esperando encontrar algo que le ayude a continuar.
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Bobol I: Introducción
(( Me he planteado analizar desde una
perspectiva personal el mediometraje que hará dos años grabamos mi
grupo de amigos. Ricardo Jornet nos propuso escribir cada uno una
intervención en el guión, para ser posteriormente interpretado por
nosotros mismos, dirigidos por él. Además el corto tendría otra particularidad: debía ser
grabado en 24 horas.
Los comentarios aquí vertidos son
personales y no tienen por qué coincidir con la opinión de sus
creadores, ni mucho menos ser conscientes de las mismas. Se trata,
como ya he mencionado, de un análisis personal.
Dada la duración del mediometraje,
unos cuarenta minutos, lo dividiré en diferentes entradas, cada una
acompañada de su correspondiente vídeo que editaré en función del
texto escrito. En caso de que quieran visionarlo en su unidad, pueden
acceder a él a través de este link. Recomiendo, evidentemente, ver cada clip antes de leer el texto.
Ante todo, ésto es un homenaje a mis
amigos, a nuestro grupo, a nuestro tiempo.))
El infierno, aunque inmutable, sólo
se nos aparece a través de la contingencia de los días. No hay
grandes gestas como en la literatura clásica, ni héroes magnánimos
que se enfrentan a la Historia. El infierno es accesible a todos por
su justa facilidad para aparecer en los distintos momentos de nuestra
vida, y todos debemos enfrentarnos y escapar de él, aunque tengamos
la seguridad de que más tarde volverá a aparecer.
Si hablamos del infierno debe existir
un Dios, y hablando de él empieza su monologo Óscar (Roy W. Cobby), el protagonista
de nuestro cortometraje 'Bobol'. Si bien liberado desde joven de su
influencia, es cuestión de tiempo que rellene este espacio simbólico
con alguna otra entidad, y ésta será la que haga posible la
existencia de este tormento del espíritu, al que sólo acceden los
creyentes; en nuestro caso, los enamorados.
Pues es Óscar quien es guiado por el
espíritu de los Sabios, e indagando en el alma humana a través de
diferentes formas del Arte y Ensayo, concluyó no podía haber fuerza
superior que aquella que despierta la mujer en el espíritu del
hombre, pues infudía en el individuo esa exaltación sólo
atribuible a los Dioses griegos en sus amados guerreros, y perpetuada
en la historia occidental por la “Iluminación” que otorgaba el
camino del Señor. Así pues, si el Amor era ese sentimiento
original, la Mujer debía ser Dios.
Merece un inciso plantearnos por qué no tomar la vía de Bakunin, y liberarnos de un Dios que se eleva por encima de nosotros. Si llegamos a la conclusión, como suponemos hizo Óscar, de que a través de él encontramos la catarsis, la exhaltación de nosotros mismos, es decir el Arte, en cualquiera de sus formas, y por ende el proceso creativo, siendo quién nos permite ese acceso al Absoluto, esa materialización de lo Infinito en lo finito, matar a un ente tan bello no supondría sino un sacrificio demasiado grande. Óscar debía crear un Dios, le dijo la Historia, si quería acceder a la Estética, aquella de la que le hablaron los Sabios.
Merece un inciso plantearnos por qué no tomar la vía de Bakunin, y liberarnos de un Dios que se eleva por encima de nosotros. Si llegamos a la conclusión, como suponemos hizo Óscar, de que a través de él encontramos la catarsis, la exhaltación de nosotros mismos, es decir el Arte, en cualquiera de sus formas, y por ende el proceso creativo, siendo quién nos permite ese acceso al Absoluto, esa materialización de lo Infinito en lo finito, matar a un ente tan bello no supondría sino un sacrificio demasiado grande. Óscar debía crear un Dios, le dijo la Historia, si quería acceder a la Estética, aquella de la que le hablaron los Sabios.
El sentimiento religioso, pues, anega a la
persona, dejándola en ese estado de enajenación frente a la obra
del Señor, y así consideramos todas sus formas como divinas, que
nos aterran e intimidan. El monje, el fraile, vive de la mera
contemplación y discurso de dicha obra, siendo piadoso con ella,
dejando a otras formas de religiosidad el actuar frente a las mismas. Óscar pertenece esa primera forma pura de profesar su fe, más pura y
teórica, mientras sus amigos y compañeros jugueteaban directamente
con Dios y sus formas.
Pero como todo hombre de fe, ésta
debe ser puesta a prueba para comprobar si es verdadera, y así es como
Elena (Sara Picó) aparece, como irruptora directa del Dios que acepta interceder
con el individuo, aceptándolo, pero todavía ella perteneciente a la divinidad no
alcanzada: Óscar, estático, permanece impasible e inmanente en el
chalé de Elena, rodeado de vivos colores y graciosas formas, un
lugar completamente ajeno al ascetismo que de él podríamos
imaginar, y aun así abstraído en sus pensamientos. Elena, sin
embargo, entra y sale del plano, dueña de él, moviéndose de manera
grácil, distendida. Fuma y el humo la envuelve, misteriosa de negro
y ajena a la aparente realidad de Óscar, se presenta como una figura
peligrosa pero encantadora.
Debe ser Elena la que se acerque a Óscar para que despierte de su monologo interior, expulsándolo así
del plano consciente en el que tan seguro se encontraba y obligándole
a enfrentarse así con su nuevo infierno particular: la relación
Real con el ente sagrado.
viernes, 14 de noviembre de 2014
Cuatro perdones
I.
Externo futuro,
no lo quiero, te rehuyo.
Anduviste solo,
y sólo es tuyo.
Sentiste mal,
no hay escudo.
II.
Externo pasado,
dudoso, escarpado.
Maldito lo dado,
pero yo, escapo.
Será el rato
de sentir lo sacrificado.
III.
Interno futuro,
el más tierno, el más duro.
Lo precioso, lo puro.
Sentimiento obtuso:
no Perfecto, pero segundo.
Si bien bueno, roto.
Lo siento y no es poco.
IV.
Interno pasado,
por fin llegamos.
Va clareando,
el sol renace,
horizontes renovables.
Sentiré todo lo creable.
Externo futuro,
no lo quiero, te rehuyo.
Anduviste solo,
y sólo es tuyo.
Sentiste mal,
no hay escudo.
II.
Externo pasado,
dudoso, escarpado.
Maldito lo dado,
pero yo, escapo.
Será el rato
de sentir lo sacrificado.
III.
Interno futuro,
el más tierno, el más duro.
Lo precioso, lo puro.
Sentimiento obtuso:
no Perfecto, pero segundo.
Si bien bueno, roto.
Lo siento y no es poco.
IV.
Interno pasado,
por fin llegamos.
Va clareando,
el sol renace,
horizontes renovables.
Sentiré todo lo creable.
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