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domingo, 3 de agosto de 2014

Ser y volver



          Siempre hay que volver a la escritura. La escritura jamás supondrá para nosotros un mero pasatiempo, como tampoco lo será respirar, sentir o amar. Tenemos la obligación de volver, pero encadenados al continuo y a la multiplicidad, debemos también querer volver. El tiempo, tan inconstante, nos alejará y devolverá, como la resaca marina, a nuestras pasiones y deseos, y siendo tan sólo esclavos de este vaivén fortuito no olvidamos que somos poco más que agentes del tiempo, la canalización de un momento y un lugar. La inspiración, como la alegría o la pasión, son estados pasajeros, y no debemos sino ser capaces de materializar dicha idea en su máxima expresión, en esa manifestación histórica que somos cada uno de nosotros.

          El tiempo y el gozo; la historia y el yo. Maldigamos a la finitud que no nos permite abrazar por completo el estado presente, y por ende explotarlo, tanto como se merece él como tú mismo. Somos esclavos de la circunstancia, pero también de nosotros mismos, y no podemos esperar más que la convergencia de dichos directores, de estas dos fuerzas que nos guían, y de este modo dejar de ser alguien que ama escribir, pero no escribe; alguien que ama amar, pero no ama.

          Desgraciadamente, el impulso siempre vendrá de fuera, la inspiración siempre será un agente externo: razón, motivo, excusa... Encauzaremos dicho estímulo y lo haremos propio, nos adueñaremos de él. No olvidemos, sin embargo, que dicho proceso es a posteriori, y que nunca nos perteneció dicha decisión, sino que fuimos sugestionados por ella.

          Perfecto, siempre y cuando nos rodeemos de aquello que somos: si no podemos hacer esa distinción entre el Yo y lo Otro, si no podemos romper dicha continuidad, abracemos un espacio y un tiempo que no sea sino nosotros mismos. Ésto será siempre una liberación para todo aquel que haya entendido que el Yo, seguramente, jamás existió como tal.

miércoles, 18 de julio de 2012

Sensaciones del lenguaje

          En nuestro vano intento de comunicarnos utilizamos expresiones, un lenguaje concreto, buscando transmitir una determinada sensación, esa misma que a ti te sugiere tu pensamiento. Se tiene una idea antes de transmitirla, al menos preconcebida, y hemos de traducirla a nuestro idioma con estos medios. Pero la sensación que a nosotros nos transmiten las palabras está ligada a nuestra realidad subjetiva, más cuanto menos se ha leído y se desconozca la propia lengua. Así pues, hablamos más con nuestras experiencias personales y las ideas que éstas han dejado en nosotros que buscando un verdadero fin en la comunicación.

          Hemos de cuidar, entonces, este aspecto de la comunicación. El grado de entendimiento al que lleguemos con otra persona estará unido al entendimiento que tengamos de ella misma. Sólo preveiendo las sensaciones que emergerán del otro al escucharnos, en función de sus recuerdos, experiencias y construcciones mentales, se podrán diseñar las oraciones óptimas para alcanzar nuestro propósito.

          Es de importancia recalcar que no me refiero a la situación como modelizador del lenguaje, sino a la persona. Ésta es la que percibe el evento activo de la comunicación, y la que interpreta lo que hemos querido decir en relacion a lo que hemos dicho, pues claro está que nuestro lenguaje es primitivo y, en muchas ocasiones, poco útil. Bienvenida será la era en la que podamos transmitir nuestros pensamientos con total fidelidad.

          Ahondo en el concepto de "sensación" dado que éstas son las que nos ayudan a formar las diferentes ideas que tenemos sobre cosas. Un mismo hecho, una misma realidad, puede despertar en nosotros muy distintas sensaciones, y éstas posteriormente generarán nuestra percepción de las cosas. Añadamos a ésto que cada individuo tiene su sistema a la hora de recibir y clasificar la información, y es única creando sus propios pensamientos. Saber generar las sensaciones, y por qué no, emociones necesarias, ha de ayudarnos en la heroica labor de comunicarnos y, por ende, de entendernos.

miércoles, 11 de julio de 2012

La inteligencia

          ¿Estaría mal considerar la inteligencia como la única capacidad a valorar? ¿Acaso no es y ha sido la inteligencia lo que ha permitido vivir al individuo mejor? ¿No es la profundidad que otorga el conocimiento lo verdaderamente precioso de esta vida? ¿Qué puede valorar quien nada sabe? ¿Qué sabe la gente?

          La inteligencia, cuanto menos, está poco valorada en nuestro días, socialmente hablando, por no decir desprestigiada. Es una minoría quien se preocupa por aprender y profundizar en diversos aspectos del conocimiento. Quienes no lo hacen simplemente presumen de sus otras supuestas "capacidades". ¿Pero qué valor puede tener una capacidad si no es integrada en un todo? ¿Se puede presumir de habilidades que no estén integradas en una inteligencia? ¿Hasta donde te puede aportar una persona que no sea inteligente?

          Es muy común esta despreocupación. "Bah, ¿para qué voy a querer ser inteligente si ya tengo todo ésto?". La gente "considera" que tiene habilidades, que al no estar comprendidas y compartidas en una amalgama de conocimientos, terminan siendo nada más que parcelas aisladas donde no se puede construir nada de valor, pues estando diseminadas en la personalidad, son demasiado pequeñas en si mismas como para edificar ninguna realidad.

          Desde mi punto de vista, los primeros culpables de esta situación son los padres. Dada su preocupación de que su hijo destaque en un determinado ámbito, les importa más ésto que el hecho de que su hijo sea una persona que realmente esté entendiendo lo que hace, por qué lo hace y para qué lo hace. Todo ésto les puede suponer más que un problema, ¿cómo van a transmitirle todo ésto a su hijo? Mejor engañarlo, criarlo en un ambiente dónde los errores compartidos se obvien. Y así se perpetúa la cadena de la ignorancia.

          Aun así la responsabilidad nunca es de los padres, ya que cada individuo tiene para consigo la responsabilidad de superar a sus progenitores. Pasada cierta edad es incoherente culpar a nuestra familia de cualquiera de nuestros males, pues pasamos a ser independientes de ellos hace ya tiempo. La gente mantiene una excusa para evitarse un esfuerzo, delegan en otros responsabilidades que son suyas. Nosotros también educamos a nuestros padres pasado un tiempo, pues pertenecemos más a los nuevos tiempos que se estén viviendo. Privarles de este aliciente de la paternidad es una crueldad por nuestra parte.
       
          La ilustración fracasó en sus axiomas. Hace falta más que la oportunidad de adquirir conocimiento; hace falta un atractivo. Debemos preocuparnos de que la inteligencia sea el mayor de los dones que se puedan tener. Los seres inteligentes han de poder alzarse sobre los ignorantes, y deben hacerlo. La aceptación del ignorante por parte del inteligente, poniendo a este primero a su mismo nivel, hace que el ignorante no se preocupe por su realidad, pues considera la inteligencia como una concepción más, como algo que tiene la misma importancia que cualquier otra cosa.

          Lectores y amigos míos, eso no es así. El inteligente siempre tendrá más oportunidades de disfrutar la vida, pues podrá entenderla mejor y saber como actuar en función de sus deseos. La inteligencia es algo más que la adquisición de conocimientos, ya que éstos deben relacionarse entre si, generar estructuras e ideas propias con las que enfrentarse a la vida; de nada sirve el hombre-enciclopedia existiendo Internet. El conocimiento genera propiedades emergentes que mejoran a la persona.

          Ahora bien, la adquisición de conocimientos siempre es un primer paso, y sobre todo, imprescindible. No podemos abandonarnos en el relativismo de lo que supone la inteligencia y afirmar muy orgullosos de nosotros mismos: "Yo soy tan inteligente como cualquier otro."

          No, lo siento, el esfuerzo es imprescindible, y la inteligencia nunca ha sido regalada.

jueves, 8 de marzo de 2012

Subjetividad y engaño

          Últimamente pongo en duda todo lo que se refiere a mis capacidades, a mi potencial. Olvidé, empiezo a dudar, qué capacidades eran parte del personaje y cuáles son mías. No tengo una división muy clara de qué cosas soy capaz de hacer y cuáles son obra de mi imaginación. Pongo en duda la utilidad de todo lo aprendido hasta ahora, y me pregunto si estuve engañado, o simplemente descansando.

          Todo se desdibuja demasiado. La capacidades a obtener y desarrollar en nuestra persona en un momento determinado, ¿tendrán alguna utilidad en el yo futuro? ¿Hay algún conjunto de actitudes que han de mantenerse como constante? Cada vez me planteo más la importancia de lo acontecido hasta ahora, y me pregunto si no empezará ahora el ruedo.

          Es importante ser conscientes de nuestro tiempo, del tiempo que nos queda en determinadas situaciones. Ya no hablo simplemente de que tú mueras, sino de que un paradigma termine: un curso, una relación, una primavera... Todo termina y se lleva con ello algo único e irrepetible. Llego a tener verdadero miedo cuando pienso que una etapa se llevará consigo personas y situaciones preciadas, como ya pasó otras veces.

          El sentimiento de incapacidad también resulta increíble. La simple concepción de la realidad, en el sentido más subjetivo de la palabra, condiciona en cierta manera la realidad misma. ¿Se es más capaz cuando uno se cree capaz? ¿Considerar que no se tiene cierto poder disminuye tu capacidad para ejecutarlo? La subjetividad me trae de cabeza. Quizás el engaño forme parte esencial de nuestra enseñanza; quizás necesitemos de mentiras para poder evolucionar correctamente.

viernes, 2 de diciembre de 2011

La semilla

          Recuerdo la primera disertación fuerte que hice sobre la realidad. La primera duda que embargó todo mi ser a una tierna edad. Tendría unos diez años.

          Estaba con mi padre en la parte trasera de nuestro chalé, en el pequeño jardín con pinos, el paellero y el estanque, mientras recogíamos unas ramas o algo así. Recuerdo que pregunté algo sobre la realidad, muy inocente yo, y de como nuestro cerebro la procesa. Aunque hasta este punto el recuerdo es algo borroso, tras la respuesta de mi padre recuerdo las palabras que cruzaban por mi mente, las sensaciones que de pronto sentí al ser despojado de una credulidad que ahora no puedo entender.

          Mi padre me dijo que, pese a todo, la realidad no tiene por que ser cierta. No tenemos ningún mecanismo último para demostrar que lo que ocurre ahí fuera realmente está ocurriendo. Tendemos a decir que cuando un gran número de observadores concuerdan en que algo ha ocurrido, aceptamos que sea así. Pero sin embargo nuestro cerebro puede estar engañándonos continuamente. También en esos momentos en los que otros individuos afirman nuestra realidad.

          No me lo pude creer. Por más que le daba vueltas a dicha observación, no encontraba ningún fallo: podía ser. Entonces me puse nervioso, el pulso se me aceleró y comencé a moverme rápido, alrededor de mi padre, preguntándole que como algo tan despiadado parecía tan verosímil: debía haber alguna forma de desmentir semejante locura. Mi padre, con tranquilidad (pues realmente esta idea está más que masticada por una persona que se ha parado a pensar un poco sobre la existencia), me respondía que no por eso podíamos abandonar la creencia en la realidad, pues siempre es lo más real que tenemos, pero que aun así, el problema de la existencia tan sólo individual era algo tangible, puesto que no podemos oír como piensan los demás, que es la sensación más relacionada a estar existiendo que conocemos.

          De pronto imaginé miles de situaciones en las que tan sólo una era la persona que la estaba existiendo. Yo vivía mi existencia con otras personas, pero estas no estaban existiendo realmente conmigo, si no que podían ser fruto de mi mente. Quizás existían, de acuerdo, pero no tenían por que estar existiendo en el mismo lugar o momento que yo. Recuerdo que tras esto siempre me imaginaba, a modo de relato, que cuando nos íbamos a dormir nos descompensábamos de una forma existencial respecto a la gente, pues cuando te duermes, inmediatamente te despiertas al día siguiente: la gente que se había quedado despierta mientras tú dormías... ¿Ya había llegado al momento en el que tú estabas?

          Son ideas muy prematuras, no hace falta que lo juréis. Aun así me imagino que pueden resultar interesantes a aquellas personas que no hayan tenido la suerte de tener una influencia intelectual-filosófica cerca desde siempre. Yo he tenido la suerte de tener unos padres que, cada uno en su campo, me enseñaron a disertar sobre las cosas, a pensar y a ser crítico con todo; primero con uno mismo. Me enseñaron a ser humano y máquina; frío y cándido; razón y pasión; dignidad y locura.

          Hoy es el cumpleaños de mi padre y quería felicitarle a mi manera. Puede sonar pedante, soberbio, meloso, infantil o inconexo. No me importa, es mi manera, y sé que se entenderá.

          Quería felicitarle, realmente, no por cumplir años, la cual cosa no tiene mucho mérito a nivel estadístico. No, se merece que le feliciten por algo más que por sucumbir cada vez más a la entropía: quería felicitarle, personalmente, por el buen trabajo que ha hecho conmigo. No sé si seré lo que se imaginaba, ni si podré cumplir todas las expectativas que me exijo y se me presentan... No sé hasta que punto puedo ser un humano bien hecho. Pero lo que sí sé es como experimento mi vida, como la siento. Como día tras día me siento un poco más lleno, un poco más satisfecho. No tengo ni la más mínima idea de que clase de padre seré en el futuro, pero sin duda uno de la clase que tiene hijos felices, está muy bien.

          Felicitarle por conocer a mamá, y por ende, felicitarla también a ella. He de reconocer, ante todo, que bien diferente hubiese sido mi educación, mi evolución frente a la vida sin el personaje que continuamente crea; sin la energía, voluntad, fiereza y pasión que le pone a cada acto, a cada momento de esta ridícula existencia. Sin todo ese ímpetu, sin toda esta fuerza, sin toda la visceralidad que ella me ha transmitido, seguramente no sería más que una persona lista.

          Juntos habéis creado una persona de la que me siento orgullosa, una persona que me gusta ser. No se si será un buen regalo, pero para mi es el mejor que he recibido nunca.

lunes, 28 de noviembre de 2011

La razón de la destrucción

          No podemos saber si algo es conveniente para nosotros si no lo hemos puesto a prueba. No podemos saber hasta que punto confiamos en nosotros mismos si nos lo ponemos fácil. La gente acepta firmemente sus ideas, pero nunca ha tratado de cambiar, conscientemente, para ver si otro método, u otro tipo de decisiones, le acarrearían un bien mayor a él mismo, a la gente de su alrededor. La gente se consuela creyendo que actúa bien. Al final todos pensamos que nuestra forma de actuar es correcta. Podemos equivocarnos, por supuesto, pero la propia palabra define la aceptación del problema: es un error en tu sistema, no algo que forme parte de ti. Incluso un asesino considera que tiene sus razones, por muy excéntricas que sean.

          Hemos de comprobar continuamente si los fundamentos de nuestra vida están forjados con experiencia y seguridad, no tan sólo con intuición y educación. Hemos de atentar contra nosotros mismos para demostrarnos que somos capaces superar las diferentes situaciones que se te presentan. Hemos de probar sistemas diferentes al nuestro y comparar si hemos mejorado, o por lo menos, en que hemos mejorado. En una decisión ni todo es bueno ni todo es malo. Cada decisión, acción o situación contiene un mensaje, una enseñanza de vital importancia a la cual es necesario atender. Cada persona es un individuo, y no captamos lo mismo en situaciones iguales: por eso no podemos aceptar ideas simplemente porque nos parezcan bien. Hemos de comprobar, por placer propio de autoafirmación, que la metodología que consideramos óptima es la adecuada.

          Hay que destruir el sistema propio de cada uno para realmente forjar algo más fuerte en nosotros. Hemos de ser diferentes a como consideramos que queremos ser, pues podemos sorprendernos al comprobar que actitudes en principio negativas son algo nutriente para nuestra persona. Sin embargo, el verdadero gozo reside en comprobar que una postura que considerábamos buena, en efecto, lo es. Actuando de una forma contraria experimentar como se obtiene menos del entorno. Entonces sabremos realmente que algo está bien, o por lo menos, mejor que nada que hayamos experimentado.

          Las experiencias negativas son las que realmente permanecen en nuestra consciencia. Son las lecciones más importantes, es algo evolutivo. Debemos saber que es malo para no hacerlo. No podemos saber si algo está mal si no lo hemos hecho. Somos niños, tenemos que jugar, tenemos que aprender por nosotros mismos cuales han de ser las elecciones correctas en esta vida, a pesar de que ello suponga un sufrimiento mayor.

          No debería haber ningún problema con esto, pero el sacrificio esta desprestigiado hoy en día. Es más cómodo aceptar unas normas morales que ponerlas a prueba. Es más fácil el convenio que el conocimiento.

          Hemos de atacar nuestras ideas. Hemos de destruirlas para ver si podemos hacer algo mejor. No hay mayor problema pues si no puedes mejorar, siempre sabrás volver a hacer lo mismo. Pero esto es mucho menos divertido para una persona ávida de vida.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

En pro de la generalización

          Es normal que a todos nos moleste que nos incluyan en una clase, en una categoría. Entiendo que debemos luchar contra el hecho de que puedan definirnos, limitarnos, incluirnos en cierto espectro, y por lo tanto, que se espere de nosotros ya un tipo de actitudes. Entiendo completamente que esto moleste a cualquier persona que busque en su vida una pizca de autoafirmación e individualismo. Ahora bien, el problema de esto no es la generalización, ni mucho menos. Somos nosotros mismos, como siempre.

          La generalización no está mal. Es evidente que no será nunca correcta al cien por cien; no se puede afirmar una generalización con el mismo rigor que una experiencia concreta. No será jamás una verdad demostrada, pero sin embargo, sí que realiza una función de verdad implícita. Tú puedes estar de acuerdo o no en que se utilice un término para referirse a un cierto tipo de personas, por ejemplo, pero sin embargo es una herramienta muy útil para que ambos interlocutores sepan de que se está hablando. Es cierto que las generalizaciones suelen traer consigo implicaciones negativas: pero ninguna más grave que la de pertenecer, inexorablemente, a un grupo de gente, a una categoría.

          No importa tanto a que tipo de generalización perteneces como pertenecer a una generalización.

          Podríamos prescindir de las generalizaciones, lo entiendo, pero esto haría la comunicación mucho mas ardua y costosa. Sería mucho más difícil disfrutar del manjar que supone una buena conversación. Se podría defender que nuestras conversaciones estarían mas libres de juicios si no utilizásemos generalizaciones, pero... ¿Acaso una conversación profunda no es un juicio justo sobre la realidad?

          Debemos luchar, no por eliminar las generalizaciones, sino en pro de evitar que la gente se alinee. No es tan peligroso que una persona utilice una generalización como que una persona se sienta aludida al escucharla. "No, es que yo soy así y no soy eso". ¿Perdón? Valorate un poco más a ti mismo, estoy seguro de que eres mucho más que eso.

          Cuando se utiliza una generalización es en pro de destacar una cualidad, un aspecto en concreto de la gran diversidad y heterogeneidad que nos aporta la existencia. No debemos olvidar que es una abstracción, vislumbrar una idea y otorgarle un nombre para poder tratar con ella. Tú puedes ser científico, escéptico, místico, hippie, alternativo... Pero jamás deberás sentirte ofendido cuando se generalicen dichos términos, principalmente por que la unión de las diferentes áreas de tu personalidad hacen aparecer nuevos carácteres en ti, con los que no se cuentan para la generalizacion: por lo tanto tu no perteneces a dicha generalización.

          Hemos de preocuparnos en que no se nos pueda catalogar, no en que no se pueda catalogar. Es necesario que pensemos sobre el entorno y en que aspectos cambia y evoluciona la sociedad. Para ello necesitamos de palabras, de denominadores, para poder referirnos a una gente y no a otra: esto nace del axioma de que somos diferentes (aunque posteriormente la gente se inmiscuya en grupos y pierda su valor individual). No debemos permitir que una determinada estética, forma de vida o pensamiento nos devore, nos generalice a nosotros mismos. No podemos permitir que cuando una persona haga una generalización, esté en lo correcto contigo. Ya que, seguramente, será cuando nos ofenda.

          Yo me esfuerzo, lucho por no alienarme con las fuerzas o corrientes que veo que transcurren a mi alrededor. A veces es difícil, ya que es muy tentador entregarse a algo que nos gusta y que dicha forma de vida pase a decidir por nosotros... Pero no, somos mucho más interesantes que eso, podemos dar muchísimo más de nosotros. Podemos pertenecer a cientos de generalizaciones diferentes, sentirte relacionado con cada generalización, pero saber que no eres ninguna en concreto. Has de darle más valor a las partes de tu personalidad que se desarrollen a menor velocidad, ya que si no las cosas que te resulten más fáciles o cómodas serán las que acaben por tomar el control de ti, y perderás toda tu diversidad.

          Hemos de ser más de más y más, no tan sólo más de una cosa. Debemos sentirnos a gusto con las generalizaciones, ya que cuando oigamos una podremos decir: "Entiendo la idea, y por que piensas eso. Estoy de acuerdo. Yo comparto en parte esa realidad, pero..."

domingo, 6 de noviembre de 2011

El mundo cambiante

          Estoy dispuesto a sacrificar todo lo que tengo por lo que deseo. Nada permanece por siempre y todo es efímero. La realidad cambia y debemos adaptarnos al cambio. Hay que ser sagaces para desarrollarse en una realidad caótica. Pese a ello, la idea de meta o aspiración es constante durante toda nuestra existencia. Hemos de prosperar en nuestra vida para sentirnos realizados, satisfechos con ella. Cualquier sentido es cierto siempre que se lleve a cabo, siempre que se realice. Hemos de ser nosotros mismos para existir.

          Pero nuestros paradigmas cambian y nuestra realidad con ellos, al igual que nuestra persona. Evolucionamos, somos seres distintos cada mañana. Somos una prolongación de una existencia anterior, y por tanto, distinta. Nuestras aspiraciones continúan, pero siempre con un extra de experiencia, lo cual nos permite discernir entre lo realmente importante y lo que es innecesario: cuando deseamos algo suele ser tan sólo un aspecto de su conjunto. Por lo tanto, nuestras aspiraciones también evolucionan, y análogamente, nuestra forma de tratar el entorno.

          Las cosas tienen el valor que les den las personas, nada más. Hemos superado la supervivencia, la hemos eliminado como problema vigente. Toca generar todo un nuevo mundo de valores en relación a nosotros mismos. Un mundo cambiante, dinámico, donde todo se rige en función de nuestros deseos. Se genera un mundo diferente con cada nueva aspiración, mentalidad, cambio... Lo que resultaba importante en un momento pasa a ser banal en otro. No has cambiado una cosa por la otra: has destilado lo importante de una idea primigenia, prematura.

          Hemos de tratar a la realidad de una forma seductora, en la que las situaciones se entrelacen con nosotros como en un gran baile. Disfrutemos de ellas, pues tan solo tienen sentido en ese instante. Llegado el momento te darás cuenta de que todo aquello fue estúpido, o hubiese sido mucho más óptimo de otra manera: lo que nos permite pensar que valió la pena es haber evolucionado hasta poder darte cuenta de que era realmente importante y que no, el saber no quedarse con todo.

          Hay que ser críticos con la realidad, saber juzgarla a ella y sobre todo a nosotros mismos. Cuando nos quedamos en la comodidad de pertenecer a cierta clase, idea o estética, nos estamos reduciendo a una parcela muy pequeña de la realidad. Es evidente que siempre vamos a simpatizar con unas cosas más que con otras, y vamos a ser de una determinada manera, pero esto no nos debe hacer olvidar que debemos cambiar y continuar para conseguir ser nosotros mismos.

          Definirse es ponerse limites, generar constantes también. Hemos de aceptar el cambio como algo inexorable a la existencia. Cuanto más hayamos recorrido diferentes caminos, mas preparados estaremos para un camino posterior y desconocido.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Sobre la Interiorización

          Deberíamos aplicar nuestros conocimientos teóricos, adquiridos a lo largo de nuestro aprendizaje, para desarrollarnos en nuestro día a día. Ya no tan sólo por el capricho de tener acceso a un mayor número de realidades, sino por la intrínseca necesidad humana de sentir que no estamos desperdiciando nuestro tiempo.

          Necesidad "humana", al menos, en el sentido idílico en el que podemos utilizar la palabra.

          No podemos, y por lo tanto no debemos, limitarnos a un título académico, sea el que sea. Un conocimiento no tiene ninguna utilidad si no se sabe aplicar, si no se es capaz de entenderlo. Ya no necesitamos entes que conozcan muchos datos, ni si quiera muchas cosas, ya que el boom informativo de Internet, del cual no haré incapié por ahora, ha dejado a nuestra disposición una cantidad ingente de contenidos.

          Lo que se necesitan son Sistemas. Sistemas de pensamiento. Estructuras por donde tu mente divague hasta ser capaz de encontrar una solución, sin importar del índole qué sea.

          E ahí la importancia de la interiorización de nuestras ideas, de nuestros conocimientos, de nuestros patrones. Ya no por el simple hecho, pero ya no tan humilde, de que queramos ser buenos profesionales en nuestro campo, sino porque no puede haber mejor capacidad que la de poder vivir más nuestra vida.

          Y de nada más que eso versa la importancia de que sepamos qué estamos haciendo y por qué lo estamos haciendo. Cual es nuestra hipótesis, el por qué de ella y a donde queremos llegar. Porque sin un método, sin un Sistema, no podemos ser capaces de potenciarnos a nosotros mismos, y por ende, no podremos aprovechar, como deberíamos, nuestra vida.

          Poder tratar la existencia como un problema qué hay que resolver de forma óptima, pues no sirve tan sólo resolverlo, y aplicar en ello todo lo que sabemos, conocemos y hemos vivido, nos dá la increible capacidad de optar a más posibilidades, poder cursar diversos y diferentes caminos; en resumen, la capacidad de ser más nosotros.