Mostrando entradas con la etiqueta Objetividad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Objetividad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de julio de 2012

La inteligencia

          ¿Estaría mal considerar la inteligencia como la única capacidad a valorar? ¿Acaso no es y ha sido la inteligencia lo que ha permitido vivir al individuo mejor? ¿No es la profundidad que otorga el conocimiento lo verdaderamente precioso de esta vida? ¿Qué puede valorar quien nada sabe? ¿Qué sabe la gente?

          La inteligencia, cuanto menos, está poco valorada en nuestro días, socialmente hablando, por no decir desprestigiada. Es una minoría quien se preocupa por aprender y profundizar en diversos aspectos del conocimiento. Quienes no lo hacen simplemente presumen de sus otras supuestas "capacidades". ¿Pero qué valor puede tener una capacidad si no es integrada en un todo? ¿Se puede presumir de habilidades que no estén integradas en una inteligencia? ¿Hasta donde te puede aportar una persona que no sea inteligente?

          Es muy común esta despreocupación. "Bah, ¿para qué voy a querer ser inteligente si ya tengo todo ésto?". La gente "considera" que tiene habilidades, que al no estar comprendidas y compartidas en una amalgama de conocimientos, terminan siendo nada más que parcelas aisladas donde no se puede construir nada de valor, pues estando diseminadas en la personalidad, son demasiado pequeñas en si mismas como para edificar ninguna realidad.

          Desde mi punto de vista, los primeros culpables de esta situación son los padres. Dada su preocupación de que su hijo destaque en un determinado ámbito, les importa más ésto que el hecho de que su hijo sea una persona que realmente esté entendiendo lo que hace, por qué lo hace y para qué lo hace. Todo ésto les puede suponer más que un problema, ¿cómo van a transmitirle todo ésto a su hijo? Mejor engañarlo, criarlo en un ambiente dónde los errores compartidos se obvien. Y así se perpetúa la cadena de la ignorancia.

          Aun así la responsabilidad nunca es de los padres, ya que cada individuo tiene para consigo la responsabilidad de superar a sus progenitores. Pasada cierta edad es incoherente culpar a nuestra familia de cualquiera de nuestros males, pues pasamos a ser independientes de ellos hace ya tiempo. La gente mantiene una excusa para evitarse un esfuerzo, delegan en otros responsabilidades que son suyas. Nosotros también educamos a nuestros padres pasado un tiempo, pues pertenecemos más a los nuevos tiempos que se estén viviendo. Privarles de este aliciente de la paternidad es una crueldad por nuestra parte.
       
          La ilustración fracasó en sus axiomas. Hace falta más que la oportunidad de adquirir conocimiento; hace falta un atractivo. Debemos preocuparnos de que la inteligencia sea el mayor de los dones que se puedan tener. Los seres inteligentes han de poder alzarse sobre los ignorantes, y deben hacerlo. La aceptación del ignorante por parte del inteligente, poniendo a este primero a su mismo nivel, hace que el ignorante no se preocupe por su realidad, pues considera la inteligencia como una concepción más, como algo que tiene la misma importancia que cualquier otra cosa.

          Lectores y amigos míos, eso no es así. El inteligente siempre tendrá más oportunidades de disfrutar la vida, pues podrá entenderla mejor y saber como actuar en función de sus deseos. La inteligencia es algo más que la adquisición de conocimientos, ya que éstos deben relacionarse entre si, generar estructuras e ideas propias con las que enfrentarse a la vida; de nada sirve el hombre-enciclopedia existiendo Internet. El conocimiento genera propiedades emergentes que mejoran a la persona.

          Ahora bien, la adquisición de conocimientos siempre es un primer paso, y sobre todo, imprescindible. No podemos abandonarnos en el relativismo de lo que supone la inteligencia y afirmar muy orgullosos de nosotros mismos: "Yo soy tan inteligente como cualquier otro."

          No, lo siento, el esfuerzo es imprescindible, y la inteligencia nunca ha sido regalada.

jueves, 3 de mayo de 2012

Análisis y seguridad

          Cuando se trata de temas subjetivos y a la vez profundos, lo mejor es tratar de sistematizar nuestras conductas en pro de buscar respuestas. La seguridad, la confianza en uno mismo, se ve como algo intrínseco a algún tipo de personas, con unas determinadas características, y nunca como algo de lo que disfruten la mayoría de seres humanos. ¿Por qué?

          Nadie tiene unas certezas mayores en su vida, y mucho menos unas respuestas que le permitan descargar todo el peso de la responsabilidad en algo externo. Todos estamos condenados a desarrollarnos como personas sin saber como hacerlo, y sin tener más ayuda que nuestra familia. Así pues, es normal esa sensación de inquietud frente a la vida misma, que nos haga plantearnos la veracidad de nuestros veredictos, y de si valdrá la pena sacrificarnos, sentirnos negativamente, por conseguir algo más. Todos estos problemas y muchos más van atados a la firmeza que una persona pueda ostentar. La pregunta es, ¿qué puede haber en común entre este tipo de personas, capaces de gozar de una vida sobria? ¿Qué les permite defender sus posturas con esa seguridad más propia de una idea que de un ser vivo?

          Todos poseemos un cerebro, una herramienta pulida a través de la evolución animal, capaz de procesar información a unos niveles todavía no entendidos del todo. Lo que sí sabemos es la cantidad de procesos y realidades que es capaz de llevar a cabo esta maravillosa máquina de ingeniería al mismo tiempo. Dado que con ella podemos procesar la realidad, extraer conclusiones y aprender de ella, considero que aquí se halla el quid de la cuestión: en el análisis.

          La seguridad en uno mismo es algo intangible, es algo subjetivo, no es real. Tiene que ver con el sentimiento, con una emoción o instinto que nace de nosotros a la hora de relacionarnos con el otro. Evidentemente, quien se encuentre en una situación de desconocimiento, quien no tenga la capacidad de modelizar las conductas de los demás e intuir cómo podrían actuar(por lo menos reducir el número de posibles respuestas), quien no pueda gozar de todas esas capacidades de síntesis humana, es normal que se sienta perdido, amenazado por unos animales que presentan las mismas capacidades y voluntades que uno mismo: vemos un depredador, tan fuerte e ingenioso como nosotros, y no podemos predecir sus movimientos. Somos una presa fácil en ese instante.

          Sin embargo reside en nosotros la capacidad de desarrollarnos en congruencia a otros seres humanos, tratando siempre de entenderles, de conocer sus por qué, y sobre todo, de intentar ahondar en ellos, tratando siempre de llegar a lo más primordial e importante para una persona. Entonces, dejaremos de ver al resto como extraños. Esa sensación de miedo o inseguridad dejará de tener sentido, pues conocerás a tus congéneres, sus actitudes y reacciones, y no tendrás nada que temer, pues ya conocerás el terreno y a sus individuos.

          Nadie se siente seguro porque sí, todos tienen sus razones. Hay quien se cree mejor, hay quien piensa que no le pueden dañar, hay quien le da igual que le dañen... Pero al final todo reside en una concepción de la realidad, en una forma de procesarla, y jamás de algo innato o independiente de la persona: uno crea su propia seguridad, crea sus propios sistemas para poder vivir en paz.

          Hay que luchar contra todo aquello que nos cohibe, nunca me cansaré de decirlo. Cuanto más fuertes seamos, cuanto menos miedo tengamos, más podremos aportar a este mundo, a nuestra gente, y más podremos vivir a gusto con nosotros mismos; y lo que otras veces es mucho más difícil: con el resto. Mientras no podamos sentirnos liberados del mal que pueden causarnos otras personas, mientras no las entendamos y sepamos el porque tanto de lo bueno como de lo malo, no podremos sentirnos a gusto y tranquilos en las situaciones sociales. Y sin la sociabilidad, el individuo no es nada.

martes, 13 de marzo de 2012

La necesidad

          La vida son necesidades insatisfechas. No hay nada más duro, pero tampoco nada más real. La belleza que procura el exterior nos hace anhelar realidades ajenas a nosotros; deseamos poseer todo aquello que no tenemos. Si se es inteligente, cuanto más difícil y extraño supone lo otro, más se retuerce y vira nuestro deseo. Apenas hay ningún control sobre las cosas que queremos. No sé si me explico: sólo se quiere lo que no se tiene. Conforme se tiene, se olvida; y cuanto más queda por conseguir, más amamos.

          Me dijo el camarada una vez: "Sólo podemos conocer lo que amamos". En un primer momento le discutí, y pensé que aquello nos dejaba en una postura demasiado desnuda y vulnerable. Tras la maduración de dicha idea, me doy cuenta de que no hay refutación posible: sólo entregándonos, sumergiendonos en lo que el sentimiento nos produce somos capaces de observar nuestro verdadero yo, y en particular, la esencia de lo amado.

          Para nada estoy hablando del amor entre un hombre y una mujer. Una postura que destile amor es aquella en la que nosotros nos entregamos a lo diferente en pro de satisfacer. No sorprende que en esta época donde el individuo se encuentra mutilado, las respuestas respecto al amor sean, cuanto menos, deformes. Nada hace crecer más a la persona que poder valorar y apreciar lo ajeno. Así pues, el amor es fundamento indispensable el paradigma del individualismo. No podemos esperar nada mejor de nosotros si no somos capaces de hacer nada mejor por los demás, que son el único árbitro objetivo de nuestra existencia. No hay nada malo en esforzarse para agradar a la gente que valoramos.

          Seguimos, en cambio, sin resolver nada, sin llegar a ninguna solución del problema, que no es otro que intentar vivir en paz con el resto. Porque ahí está el verdadero enigma, donde se presentan la ingente cantidad de respuestas posibles y válidas.

          Si el solipsismo fuese cierto y toda realidad fuese creada por nosotros mismos, no habría mayor dificultad: aceptaríamos nuestro individuo como medida de todas las cosas y punto. Esto supone ignorar demasiadas verdades empíricas y, por supuesto, menospreciar todo lo que nos rodea; en un momento esto pudo tener sentido, pero ahora ya no. Debemos buscar una respuesta que consiga satisfacer tanto nuestras necesidades como las del medio, que en nuestro caso son los demás. No podemos obviarnos a nosotros ni a los demás. No hay nada más importante que estas dos cosas; quizás no haya nada más. Así nace pues la importancia de una individualidad y una socibilidad sanas, sin prejuicios ni perjuicios, capaces de cambiar, de querer, de sentir. Solo andando con estas dos compañeras podremos crearnos fuertes, con vigor, capaces de superar la verdadera dificultad que supone querer; capaces también de entender el sentido que esto tiene frente a la misma soledad. Si olvidamos la importancia de alguna caeremos en una rápida y súbita decadencia.

          Cambiamos, olvidamos, destruimos y volvemos a crear; nuestra subjetividad cambia en cada instante. Por otro lado, la linealidad de nuestra vida, y en cierta medida de nuestro entorno, siguen como constantes en toda esta ecuación. Todos estos nuevos textos, estas diferentes posturas, pueden ser más brumosas, menos claras e incluso más infantiles. Sin embargo no puedo ignorar toda esta nueva información que continuamente recibo. Solo yo y tú tenemos la capacidad de conmovernos. La realidad sigue sorprendiéndome a cada momento y deberíamos preocuparnos en abrazar este sentimiento.

domingo, 4 de marzo de 2012

Fingir y sentir: nuestra generación

          Tengo un mar, un torrente, una cascada de sentimientos que nunca he sabido muy bien como expresar. He sido una persona llena de impulsos, emociones y pasiones que siempre se ha preguntado cuál es la forma óptima de ser. Cuáles han de ser nuestras decisiones, cuáles han de ser nuestras posturas... No sé a quién he de querer porque todo me parece relativo. Cuando decido a quién odiar, al final siempre termino sintiendo remordimiento. Todo se me hace demasiado sentido y difícil. ¿Se puede ser malo cuando uno quiere rendir cuentas?

          Todo esto no me importaría lo más mínimo si fuese una persona como otra más. Cuando se está diluido entre las acciones de cientos de personas, tus fallos, tu forma de ser no será juzgada con tu persona como principal imputado, sino que los fallos de tu voluntad serán repartidos entre toda la gente que actúe como tú. Sin embargo, todo lo que atañe a mis posturas, a mis deseos, a mi voluntad está intrínsecamente relacionado conmigo y mis influencias. No podré culpar a nadie más que a mi cuando las cosas vayan mal, en contra del resto de gente que busca continuamente en quién descargar sus males.

          Siempre he tenido la sensación de que debo demostrar algo. Tengo la necesidad de demostrar que todas mis posturas son compatibles con una vida digna y plena. Quiero ver como la vida sigue su camino y yo sigo con ella, quizás desde lejos, expectante y cínico, pero siempre vivo y con fuerzas. Sin duda alguna quiero que la gente me juzgue con el tiempo.

          Cuando quieres a las personas nunca se sabe como actuar. Quieres que tus posturas impresionen, te hagan interesante, con cierto morbo, incluso despiadado. Por otro lado tienes que parecer una persona bondadosa, dulce y amable. Es realmente difícil gustar a la gente hoy en día. Hay tantas ramificaciones de la personalidad, hay tantas formas distintas de enfrentarse a la realidad que, cuanto más se diferencie uno, el número de individuos con los cuales te puedas relacionar se reduce exponencialmente. Antaño no había posibilidad de gente que conociese tantas cosas diferentes, y por lo tanto, el denominador común era mucho más general.

          Muchos tomamos la resolución de fingir para tratar de vivir en paz. Es la forma más fácil de agradar al resto, de evolucionar, de ser todo lo que se quiere y quieren de ti. Con un poco de esfuerzo y táctica se puede conseguir casi cualquier cosa dentro de este campo. Pero de nuevo nos encontramos frente a la tesitura de una realidad controlada y fría, aburrida. ¿Hasta que punto a una persona tan llena de vida y sentimientos le puede llenar una realidad fingida? Sé que muchos de vosotros también sois así, no estoy hablando para nada sólo de mi.

          ¿Cómo hemos llegado al punto en el que fingir se vuelve la postura adecuada? ¿Hasta qué punto nos hemos convencido para mantener unas posturas y actitudes? Pienso continuamente en que siempre concebimos en una realidad juzgada por la gente del presente, y esto nos preocupa; craso error. Nuestros actos, nuestra realidad será juzgada por la gente de un futuro cercano, por gente que estudie nuestra época, no por nuestros padres. Es decir: nuestra vida será juzgada por gente más parecida a nosotros que a la que actualmente nos impone ciertos valores.

          Esta idea se me hace difícil de expresar: somos una generación. Nosotros creamos una realidad que después será estudiada de una manera abstracta, pero en cualquier caso, nueva. Los hippies de los '60, el punk de los '80, el estilo que empieza a destilar los '90... Todos implican realidades nuevas. Nosotros no vamos a ser, a ojos del futuro, ni hippies, ni punkis, ni rockeros... ¡Nosotros estamos creando las nuevas tribus sociales! No sé si se me entiende.

          Somos únicos e importantes, por lo menos para nosotros. Somos una generación que ha podido observar gracias a Internet recónditos de la realidad que habían sido ignorados por muchos de nuestros antepasados. Hemos vivido la sociabilidad de modo casi enfermizo en nuestras ciudades, y muchos hemos tenido la suerte de descubrir a nuestro individuo como algo increíble, potente, digno de admiración y culto. Hemos tenido la oportunidad de conocer gente completamente distinta e inesperada, al igual que gente con la que compartimos tanto que nos asusta.

          Es normal que hayamos sentido cierto miedo, cierta incomprensión hacia el medio. Se podría decir que estaba casi determinado el tomar la actitud de mentir a los demás para hacerles bien. Pero ya está bien. Hemos de crear algo único, irrepetible, algo digno de estudio y análisis. El histrionismo estará patente en ello, pero no puede ser el personaje principal. No debemos fingir para poder ser, o no habrá nada que estudiar en nosotros.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

En pro de la generalización

          Es normal que a todos nos moleste que nos incluyan en una clase, en una categoría. Entiendo que debemos luchar contra el hecho de que puedan definirnos, limitarnos, incluirnos en cierto espectro, y por lo tanto, que se espere de nosotros ya un tipo de actitudes. Entiendo completamente que esto moleste a cualquier persona que busque en su vida una pizca de autoafirmación e individualismo. Ahora bien, el problema de esto no es la generalización, ni mucho menos. Somos nosotros mismos, como siempre.

          La generalización no está mal. Es evidente que no será nunca correcta al cien por cien; no se puede afirmar una generalización con el mismo rigor que una experiencia concreta. No será jamás una verdad demostrada, pero sin embargo, sí que realiza una función de verdad implícita. Tú puedes estar de acuerdo o no en que se utilice un término para referirse a un cierto tipo de personas, por ejemplo, pero sin embargo es una herramienta muy útil para que ambos interlocutores sepan de que se está hablando. Es cierto que las generalizaciones suelen traer consigo implicaciones negativas: pero ninguna más grave que la de pertenecer, inexorablemente, a un grupo de gente, a una categoría.

          No importa tanto a que tipo de generalización perteneces como pertenecer a una generalización.

          Podríamos prescindir de las generalizaciones, lo entiendo, pero esto haría la comunicación mucho mas ardua y costosa. Sería mucho más difícil disfrutar del manjar que supone una buena conversación. Se podría defender que nuestras conversaciones estarían mas libres de juicios si no utilizásemos generalizaciones, pero... ¿Acaso una conversación profunda no es un juicio justo sobre la realidad?

          Debemos luchar, no por eliminar las generalizaciones, sino en pro de evitar que la gente se alinee. No es tan peligroso que una persona utilice una generalización como que una persona se sienta aludida al escucharla. "No, es que yo soy así y no soy eso". ¿Perdón? Valorate un poco más a ti mismo, estoy seguro de que eres mucho más que eso.

          Cuando se utiliza una generalización es en pro de destacar una cualidad, un aspecto en concreto de la gran diversidad y heterogeneidad que nos aporta la existencia. No debemos olvidar que es una abstracción, vislumbrar una idea y otorgarle un nombre para poder tratar con ella. Tú puedes ser científico, escéptico, místico, hippie, alternativo... Pero jamás deberás sentirte ofendido cuando se generalicen dichos términos, principalmente por que la unión de las diferentes áreas de tu personalidad hacen aparecer nuevos carácteres en ti, con los que no se cuentan para la generalizacion: por lo tanto tu no perteneces a dicha generalización.

          Hemos de preocuparnos en que no se nos pueda catalogar, no en que no se pueda catalogar. Es necesario que pensemos sobre el entorno y en que aspectos cambia y evoluciona la sociedad. Para ello necesitamos de palabras, de denominadores, para poder referirnos a una gente y no a otra: esto nace del axioma de que somos diferentes (aunque posteriormente la gente se inmiscuya en grupos y pierda su valor individual). No debemos permitir que una determinada estética, forma de vida o pensamiento nos devore, nos generalice a nosotros mismos. No podemos permitir que cuando una persona haga una generalización, esté en lo correcto contigo. Ya que, seguramente, será cuando nos ofenda.

          Yo me esfuerzo, lucho por no alienarme con las fuerzas o corrientes que veo que transcurren a mi alrededor. A veces es difícil, ya que es muy tentador entregarse a algo que nos gusta y que dicha forma de vida pase a decidir por nosotros... Pero no, somos mucho más interesantes que eso, podemos dar muchísimo más de nosotros. Podemos pertenecer a cientos de generalizaciones diferentes, sentirte relacionado con cada generalización, pero saber que no eres ninguna en concreto. Has de darle más valor a las partes de tu personalidad que se desarrollen a menor velocidad, ya que si no las cosas que te resulten más fáciles o cómodas serán las que acaben por tomar el control de ti, y perderás toda tu diversidad.

          Hemos de ser más de más y más, no tan sólo más de una cosa. Debemos sentirnos a gusto con las generalizaciones, ya que cuando oigamos una podremos decir: "Entiendo la idea, y por que piensas eso. Estoy de acuerdo. Yo comparto en parte esa realidad, pero..."

lunes, 14 de noviembre de 2011

La motivación del deseo

          Lo que nace de dentro nuestro es lo verdaderamente peligroso. Somos incapaces de tener control sobre nuestro inconsciente, sobre nuestros deseos, ya que por propia definición pertenecen a un sistema que subyace a la consciencia: los instintos, lo animal, pertenece al cerebro reptil que se encuentra bajo la superdesarrollada corteza cerebral humana. Por lo tanto, cada vez que anhelamos algo debemos increparnos. ¿Por que deseamos lo que deseamos? ¿Hay razones para ello? ¿Podrías desear cualquier otra cosa? ¿Tiene que ver contigo lo que deseas o con el entorno? ¿Tiene que ver con algo, siquiera?

          "Podemos decidir hacer lo que queramos, pero no podemos decidir querer lo que queremos."

          Deben existir nociones y tendencias personales que nos hagan desear más unas cosas que otras. Estas existen mucho antes de que seamos conscientes de que nos gusta algo o no: cada nuevo deseo realmente está precedido de toda tu experiencia personal, tanto consciente como inconsciente. No es fácil empresa destilar los verdaderos factores personales del por qué.

          También creo en la importancia de la situación, del entorno, como único factor desencadenante de nuestros caprichos y decisiones. Las relaciones personales, lo que consumimos intelectualmente hablando, de lo que oímos hablar y hablamos... Todo eso nos forma, y tampoco se puede decir que, directamente, formen parte de nosotros. Por tanto es necesario la crítica tanto del yo como del entorno siempre que queramos encontrar la verdadera motivación del deseo.

          Parece que aquí uno peca de racional, pues necesitar entender la pasión para disfrutarla puede llegar a ser una gran traba. Pero no estamos hablando de como vivir una pasión (eso queda en el ámbito íntimo y personal de cada uno), sino de qué cosas hemos de permitir que se instalen en nosotros como deseos. Tratar de encontrar un sistema que nos permita desechar impulsos que estén en contra de nuestra persona consciente, o que vengan de partes de nuestra persona que no nos gustan. Todos tenemos influencias malas en nosotros mismos y en el exterior, y debemos saber de que fiarnos y de que no.

          Es difícil, y jamás intentaré negarlo, conocerse; y mucho más difícil conocerse bien. Nunca sabremos, hasta que haya pasado el tiempo, que cosas debíamos haber elegido, y será todavía más difícil decidir en que cosas nos equivocamos. Somos seres que tendemos a autojustificarnos, convencernos de que realmente deseamos lo que hemos elegido, aunque no sea así: es evidente que tenemos que luchar por nuestras elecciones, pero también tenemos que saber aceptar cuando un impulso en nosotros es negativo; para nosotros o para los demás.

          Considero que no hay nada más agradable que darte cuenta de que estás de acuerdo con tu pasado, y que si no todas las decisiones fueron buenas, por lo menos fueron de las mejores. Debemos pensar que el tiempo pasará, y nuestro yo del futuro juzgará nuestras acciones; y sin duda será el juicio más duro y nos afectará más que ningún otro. En esta vida hay que rendir cuentas, y si nosotros somos nuestro propio deudor, mejor que mejor. Estamos condenados a desear cosas, a tener esperanza en la vida y esperar algo de ella. Como no podemos escapar a tal cosa, lo mejor es esforzarse en que dichos deseos, en que el desarrollo de tu persona, de tus vivencias, siga el camino que tu conscientemente creas, y no el que los estímulos, tanto internos como externos, deciden por ti.

martes, 1 de noviembre de 2011

La indiferencia de la indiferencia

          Me dispongo a criticar una postura muy concurrida entre la mayoría de individuos que forman nuestra sociedad, y con la que seguramente muchos de vosotros estaréis de acuerdo. Ante todo, me gustaría leer vuestros comentarios explicándome por qué la sustentáis. Esta idea no es otra que la defensa de la indiferencia como postura generadora del máximo daño, y creo que el método genealógico podrá ayudarnos a destripar de donde viene tal disparate.

          Desde mi punto de vista, muy débil ha de ser una persona para que su indiferencia sea igual o más de dañina que su ofensiva. Si esto fuese cierto, supondría un margen muy pequeño entre hacer algo y no hacerlo, y por nuestra experiencia sabemos que eso no es así. No conquistamos metas si no invertimos energía en ellas. Desde luego no esperamos que estas se resuelvan o consigan solas con la simple no-actuación.

          La gente alega que la indiferencia es lo contrario al amor, ya que en el odio siempre reside un sentimiento. Pero cuando estamos tratando de hacer ver a alguien su error, yo pienso que no estamos buscando lo inverso al amor, no estamos tratando de privar a nuestro enemigo de nuestra adorable persona, sino luchar contra él dado que sus actos nos han generado malestar, incomodidad. Si tan solo la eliminamos de nuestra realidad, dicha persona sólo continuará generando dichos sentimientos en la gente de su alrededor. Estaremos permitiendo que otros individuos sufran lo mismo que nosotros (cualquier incomodidad puede ser considerada como sufrimiento) y si no se le castiga, nunca mejorará.

          Podemos considerar que la indiferencia hacia un agresor tan solo significa la indiferencia hacia que otras personas sufran lo mismo. Esto no parece muy ético, y mucho menos "el peor castigo que se le puede otorgar".

          La gente tiende a particularizar este tipo de situaciones a las sentimentales, a las relaciones de pareja, donde la indiferencia del uno hacia el otro si que puede generar un dolor inmenso en la persona que se ha dejado de lado. De acuerdo, pero, ¿es esto realmente indiferencia? No.

          Cuando una persona afirma estar siendo indiferente, quiere decir que su postura más corrosiva, más cancerígena, va a ser la de tratar a la otra persona como si no existiese, ¡pero siempre de una manera consciente! Es decir, sabiendo en todo momento si se ha de hacer una cosa u otra, sabiendo cual es la postura correcta para generar más daño. Esto no es indiferencia, no por lo menos en el sentido de ignorar a la otra persona. Lo que ocurre es que la gente tiene un gran reparo en aceptar que le desean mal a otra persona, aunque esta se haya ganado con creces nuestro odio.

          Por lo tanto nos queda que es una cuestión de debilidad, ya sea porque no se puede tomar una postura ofensiva de verdad, y lo mejor que se puede hacer es desaparecer del paradigma; o porque no se es lo suficientemente firme y sincero con uno mismo como para aceptar que se le desea mal a alguien.

          Hemos de ser fuertes y consecuentes, tanto con nosotros mismo como con el resto. Nadie tiene por qué escapar a nuestro juicio si nosotros permitimos ser juzgados por todos.

          Seguramente la idea de indiferencia como máximo ataque debió ser creada por un agresor o por un pusilánime. El primero en aras de que nadie le castigase y esparcir sin restricciones su virus por la sociedad. El segundo en busca de la capacidad de vengarse sin tener que hacer nada. Me parece de risa, sinceramente, creer que alguien va a sufrir más por nuestra indiferencia que por nuestra acción. Es considerarse el núcleo existencial de los demás, y mientras no lo seamos (que seguramente no lo seamos), nuestra indiferencia le dará igual al resto del mundo. Hay suficientes personas ahí fuera.

          Con esto no quiero predicar el libre odio entre congéneres, ni la acción indiscriminada y cruel contra acciones que simplemente nos molesten, sino generar una conciencia de que nuestras actuaciones realmente tienen un peso, y que una acción siempre va a suponer más que una no-acción. Debemos tener en cuenta de que si creamos un mundo mejor a nuestro alrededor, nosotros seremos los que vivamos en ese mundo mejorado. No podemos quedarnos en la indiferencia como acción, pues no generará nada nuevo.

          Os invito a que reflexionéis, y a que penséis debido a qué se sostiene la idea de la indiferencia como supremo de nuestras posibles acciones reivindicativas. Me gustaría que pensaseis si mantenéis esa postura porque realmente pensáis que es así, porque os la han impuesto, o porque es lo que supone más fácil para no tener que hacer nada. La gente sigue aprovechándose de otra gente ahí fuera, y mientras consideremos que nuestra indiferencia es lo más grave que les podemos hacer, poco o nada cambiará.

martes, 11 de octubre de 2011

Libertad evolutiva

Tengo que aceptar un paradigma en el que tomar decisiones, vivir una vida, ser yo mismo, implique que tengo libre albedrío.

Esto en si mismo puede suponer una falacia, dado que somos seres biológicos con unas determinadas características, hemos crecido en un determinado entorno y estamos sujetos a unas leyes físicas. Todo parece abocado al total mecanicismo, en el que poco o nada importa quienes seamos nosotros o cuales sean nuestros pensamientos. No podemos considerarnos más que una ingeniosa obra de la evolución, en la que sagazmente se introdujo la idea de libertad para que sus individuos pudiesen desarrollarse óptimamente. Y ahí está el quid de la cuestión.

Todo lo anterior es completamente cierto, y no podemos dudar de la biología, de la física o de la antropología.

Pero una cosa no quita a la otra, ya que fue la evolución la que nos dotó de nuestro idiosincrático individualismo, de nuestra realidad personal, características de las que carecen el resto de animales. Curiosamente, somos también la especie que ha proliferado de una manera más que exponencial y óptima, sin duda siendo la raza humana la que menos dificultades tiene para la supervivencia, en el sentido estricto de la palabra. Es decir, necesitamos de nuestra personalidad para desarrollarnos como el tipo de animal que somos, y también contamos con que la especie humana es la más desarrollada culturalmente.

Tampoco podemos olvidar la enorme importancia de la cooperación. La gran habilidad del ser humano para interrelacionarse con sus congéneres, con el propósito de evitar el mayor mal posible, también nos ha permitido evolucionar en conceptos que van más allá de la manada. Pero no podemos olvidar que si hemos desarrollado tanto dicha capacidad de trabajo en grupo, que por supuesto también poseen los animales, es por el hecho de querer siempre aspirar a más de lo que se es. Y esto, sin lo anterior, es imposible.

¿A donde quiero llegar?

Bien, parece claro que para desarrollar una sociedad evolucionada culturalmente necesitamos de individuos libres, individuales, pero con un fuerte sentimiento de cooperación y trabajo en grupo. De acuerdo, pero, ¿no choca esto con la premisa de que somos unos individuos completamente atados a nuestra realidad? ¿Por qué de repente tenemos que adjuntar la supervivencia del ser humano a la personalidad de sus individuos? ¿Pero que clase de locura es esta?

Tan sencillo como que necesitamos de la libertad para existir. Nuestras decisiones, en instancia última, serán tomadas por nosotros mismos, y nada es capaz de evitar eso. Es cierto que somos un cumulo, un batiburrillo de diferentes mixturas, y esto no tiene por que quitarle sustancia al asunto. Todo lo contario: no está nada claro que seas libre, por lo que has de esforzarte por conseguirlo. Has de luchar en cada momento contra ti mismo, para querer realmente lo que quieres, para ser realmente lo que eres.

La libertad ha de ser un error en las premisas que tenemos que admitir por el mejor funcionamiento del sistema. Una evolución biológica: un fallo que termina siendo positivo.