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martes, 14 de octubre de 2014

Costumbrismo onírico

Milhály Vig - Valuska


          Al igual que los acordes de piano que ahora se escuchan, al igual que las notas suenan suave y mágicamente, los días se deslizan por la Historia. Y no hay nada de trágico en ello. Visto en perspectiva, todo es bonito. Algo así pasa con los sueños; con los buenos sueños, por lo menos.

          Hoy soñé con la Muerte, con la Muerte de seres cercanos y queridos. Lloré en mi cama, en mis sueños, y sentí el peso de la Realidad, más pesado que nunca. Pero también soñé con la Esperanza, con el Recuerdo, con la Emoción; y por supuesto, con el Amor: con el Amor trascendente mirando al horizonte por encima de los pinos en mi balcón. Con el Amor pidiéndome Paciencia, con la Paciencia otorgándome el Amor. Quise llegar a morir en mi sueño de tristeza, del mismo modo que después quise morirme de felicidad. La vida, me imagino, debe ser algo así, si se pudiese despertar de ella. En perspectiva debe dejarnos tan sólo ese sentimiendo de lo extraordinario, más allá del bien y del mal.

          No sé como se desarrollará todo, y ojalá que lo supiésemos. Pero tampoco anoche cuando me acosté pensaba que pudiese tener tales visiones oníricas, y tampoco mientras soñaba era consciente de que aquello me haría sentir como tal. Triste es refugiarse en los sueños, y años más duros me ha hecho pasar esa postura, pero se trata de algo distinto: no es querer sustituir la Vida por la onírica, ni considerar ésta peor que la otra; se tratá de entender la magnitud de la vida misma, que a veces olvidamos, a través del Sueño, que se nos muestra tan espectacular y mágico como, en el fondo, la Vida también es. Del mismo modo que no sabes qué soñarás esta noche, quizá mañana se resuelva todo.

          Y nunca hablé de grandes sueños, dónde se anda sobre la superficie del Sol o se conquistan grandes ciudades. No, y nunca los tuve. Los sueños de verdad son los que evocan a la realidad en su plano más simple, en el de las acciones cotidianas, en el costumbrismo más puro. Comprar el pan, llegar a clase, coger un tren: éstos son los que son capaces de hacernos entender la futilidad y la grandeza del día a día. Aunque continua, la existencia no tiene porque dejar de ser brusca y ésta puede hacernos tambalear. Aunque cotidianos, en nuestros días se esconden las mayores perlas, como en nuestros sueños.

martes, 7 de octubre de 2014

Presente y Belleza

          El vértigo cada vez se hace más palpable en la densidad de los días, y la atmósfera cargada de la ciudad nunca ayudará. Quizá tenga el paso del tiempo la culpa de todo ésto, o quizá el cambio del espacio; no lo sé. Ni siquiera sé si algo ha cambiado o todo ha sido siempre así, y soy yo el que ahora ve el mundo con otros ojos. El cinismo que antaño sirvió de tanque contra lo extraño y difícil se vuelve ahora una masa informe que no otorga respuestas ni actitudes, pero que envuelve todo y todo es suyo. Ya no hay en mi ni valores, ni esperanza, ni nada. No hay ni Ser en los días más pesados. La sinceridad tiene un color que no recordaba fuese así, y me hace preguntarme si ése fue siempre su color, o si algo ocurrió con ella. Todo lo que parecía sustentar, crear o impulsar a resultado no ser. Y sólo queda ese cinismo: ese desprecio divertido hacia lo ajeno, esa indiferencia cansada hacia lo propio.

          Sólo parece quedar la estética, y lo trascendente no será sino una visión especial de esta última. No queda nada, o quizá nunca hubo nada, más que la belleza. Belleza, sí, pero triste, efímera, sin razones ni aspiraciones, una belleza presente y fugaz que nada dejará pues no hay nada que dejar; no hay nada dónde dejar nada, sólo existen esos pequeños destellos de fuegos artificiales que la belleza, en su sentido más amplio, crea en nosotros y nos hace sentir que éso es lo verdaderamente importante. Pero la belleza es hueca, inconsistente, pasajera, y detrás de esas luciérnagas de esperanza no hay sino de nuevo la Nada, y sobre ella nada se puede construir, creer o esperar.  

miércoles, 6 de agosto de 2014

Finitud

          ¿Qué nos otorga la finitud del presente? No hablo de la evidente realidad que se cierne sobre nosotros que es la muerte, sino de un concepto mucho más cotidiano de finito que experimentamos diariamente, en cada evento, en cada conversación, en cada relación: el tiempo es lineal, se mueve a través del eje X, por lo tanto cada fragmento, cada estado, cada momento de tu vida se puede dividir en intervalos cerrados y acotados. Más allá de la jerga matemática, quiero explicar que durante el transcurso de nuestra vida todo tiene principio y final; todo es finito, no sólo la vida en sí; todo nace y todo muere en nuestras vidas; no sólo nosotros mismos somos mortales, sino también todo aquello que nos concierne.

          Existe este famoso pensamiento, para muchos conocido de la mano de Brad Pitt en Troya de Wolfgang Petersen, de que lo mortal nos permite disfrutar de la experiencia dado que en cualquier momento ésta se puede acabar. Si bien es cierto, y podemos intuir cierto hastío en la experiencia infinita, no podemos olvidar lo que conlleva: quedarnos con una y sólo una de las miles de oportunidades que ofrecía un momento y un lugar. Este último pensamiento tampoco es nuevo, Bergson ya era consciente de lo mucho que perdíamos al elegir una de entre las miles de posibilidades que la vida ofrecía; y ya no hablamos del concepto abstracto de la vida misma, sino en qué decirle a esa chica, qué escribir en esa carta, cómo hacer ese viaje. Sin embargo, en lo que yo quisiera hacer cierto hincapié, es en el actual deseo de esa misma elección de la única posibilidad entre todas las demás, en esa realización tangible de la vida misma. En definitiva, esa pasión por la libertad que se convierte a la vez en nuestra carcelera.

          Si bien la finitud, obligándonos a elegir de entre lo infinito, nos entregaría de este modo la
libertad, nos entrega también con ella el cómo operar en dicha toma de decisiones; y es que no podemos concebir la libertad sin razón, la cual se nos es dada para poder optimizar justamente esa elección que nos hace humanos, que nos imbuye en la finitud cotidiana y absoluta.

          ¿En qué nos convertimos entonces? Teniendo que lidiar con la continuidad de nuestras vidas, donde cada paso supone una elección, no somos sino esclavos de la optimización, esclavos de la razón: tenemos que encontrar la forma óptima de estudiar, de leer, de amar, porque llegará el momento en el cual no puedas hacer todas esas cosas. Terminamos siendo esclavos de la propia opción, esclavos de la libertad. La finitud no nos obliga sino a sacrificar todo en pro de dicha libertad, con el deseo de poder optimizar la realidad; de no pudiendo tener el Todo de la existencia, poder al menos conseguir la mejor de las posibles, y es la razón quién elige con cual debemos quedarnos.

          ¿Serían los Dioses libres? Y con ésto me pregunto si tienen más de una manera de actuar dentro de su infinitud. Siendo eterno e imperecedero no hay ninguna razón, en su sentido último, dado que no hay ninguna necesidad de optimizar nada, pues se es todo y siempre. No hay necesidad de elegir, pues se vive el momento tal y como se es dado, respondiendo de manera directa y sin filtros. Podría parecer que ésto simboliza la libertad absoluta, cuando no podría ser más incorrecto: sólo se actúa de una manera dada una situación, y se trata de la respuesta pura, de la esencia del momento mismo. Los Dioses no son libres, pero son puros.

          ¿Pero qué más nos transmite el infinito? Si hemos hablado de Dioses, podemos hablar entonces de Divinidad, de Absoluto, en definitiva, del Arte. El Arte es el concepto del infinito plasmado en nuestra realidad finita, lo puro en lo libre.

           Al final, ¿qué es lo puro? ¿Qué ansiamos de la Divinidad que a la vez nos asusta tanto por su componente infinita? La no capacidad de elección, que tiene a su vez ese tinte de libertad absoluta, de destiladora de la realidad misma. Lo bello es lo que no es libre pero a su vez es en sí mismo, no adulterado por nada más.


          ¿Y qué tenemos como máxima representación de ésto? Qué, si no el Amor.

domingo, 3 de agosto de 2014

Ser y volver



          Siempre hay que volver a la escritura. La escritura jamás supondrá para nosotros un mero pasatiempo, como tampoco lo será respirar, sentir o amar. Tenemos la obligación de volver, pero encadenados al continuo y a la multiplicidad, debemos también querer volver. El tiempo, tan inconstante, nos alejará y devolverá, como la resaca marina, a nuestras pasiones y deseos, y siendo tan sólo esclavos de este vaivén fortuito no olvidamos que somos poco más que agentes del tiempo, la canalización de un momento y un lugar. La inspiración, como la alegría o la pasión, son estados pasajeros, y no debemos sino ser capaces de materializar dicha idea en su máxima expresión, en esa manifestación histórica que somos cada uno de nosotros.

          El tiempo y el gozo; la historia y el yo. Maldigamos a la finitud que no nos permite abrazar por completo el estado presente, y por ende explotarlo, tanto como se merece él como tú mismo. Somos esclavos de la circunstancia, pero también de nosotros mismos, y no podemos esperar más que la convergencia de dichos directores, de estas dos fuerzas que nos guían, y de este modo dejar de ser alguien que ama escribir, pero no escribe; alguien que ama amar, pero no ama.

          Desgraciadamente, el impulso siempre vendrá de fuera, la inspiración siempre será un agente externo: razón, motivo, excusa... Encauzaremos dicho estímulo y lo haremos propio, nos adueñaremos de él. No olvidemos, sin embargo, que dicho proceso es a posteriori, y que nunca nos perteneció dicha decisión, sino que fuimos sugestionados por ella.

          Perfecto, siempre y cuando nos rodeemos de aquello que somos: si no podemos hacer esa distinción entre el Yo y lo Otro, si no podemos romper dicha continuidad, abracemos un espacio y un tiempo que no sea sino nosotros mismos. Ésto será siempre una liberación para todo aquel que haya entendido que el Yo, seguramente, jamás existió como tal.

viernes, 27 de abril de 2012

Los otros

          Aquellas incongruencias propias de la ignorancia y los instintos, que pude llegar a controlar en el pasado, como el deseo ferviente de relación humana o la necesidad del cariño incondicional de otros, reaparecen en un estadio mucho más elevado de mi personalidad. Tras mi carrera y evolución personal, tras todo mi empeño en conocer más y en adquirir una autonomía individual, sigue doliéndome no gustarle a determinadas personas, no ser capaz de despertar en ellos un interés ulterior. Por mucha individualidad y capacidad para la soledad que haya desarrollado, ésto continúa devanándome los sesos.

          Tratando de darle una explicación al por qué del torrente de sentimientos negativos, que tanto puede chocar contra mi postura positivista, me encuentro frente a un Marzo que busca algo más en sus relaciones sociales, donde el placer y el interés puedan pasar a un segundo plano, y lo importante pasa a ser el sentimiento motor. Este nuevo yo, o quizá mi primer yo, necesita alguien con quien compartir toda su vida interior, tan rica y llena de matices, que tan diferentes considero del resto. Contemplo toda mi evolución como medio para poder aportar algo a los demás, para resultar un individuo digno en existencia, que sea capaz de enseñarle algo al otro. Quizá no quiera más que compartir todo aquello que he aprendido y tan feliz me hace.

          Así pues, salto a la siguiente incógnita, la cual se vuelve más incisiva y peligrosa. ¿Por qué, entonces, no se da esa situación de bienestar esperada? ¿Por qué, al parecer, tienes tan poco que aportar al resto? ¿O por qué al resto le importa tan poco lo que les puedas aportar? El problema pasa al plano de la culpabilidad, de buscar razones fuera del yo.

          No me importa todo el mundo, me parece algo redundante aclararlo. Me esfuerzo continuamente en discernir sobre quién puede valer la pena y quién no, pensar tras meticulosa observación qué cosas buenas podrán tener las personas, y cuál será el grado de relación a buscar con ellas. Necesito sentir que hay gente capacitada ahí fuera con la que puedo compartir ideas y sensaciones, con quien puedo compartir este absurdo recuadro de espacio-tiempo que sufrimos; con quien pueda reírme. Al final se convierte en la simple postura de querer dar al otro, e incluso se podría decir que guardo una postura muy cristiana últimamente, sólo que mucho más estricta a la hora de esclarecer quien es mi prójimo. Pero una vez encontrado a un semejante, encontrado ya el individuo con quien se querría disfrutar, ¿cómo se hace para transmitir ese flujo de ideas hacia la otra persona? ¿Cómo acercarte a una persona de una manera tan racional?

          La gente obra de sentimiento, y sólo después generan sus razones en pro de justificar sus actos. Las personas esperan relaciones humanas completamente basadas en el sentimiento. Y el sentimiento, pese a su gran poder, suele aparecer con el tiempo, con el rodaje y el lijado de las relaciones. Pero me remito a una idea mencionada ya anteriormente: ¿qué mérito tiene ser un esclavo de la simple situación? ¿Por qué tener que esperar a que el tiempo haga su sucio trabajo? ¿Por qué no elegir conscientemente que hacer con nuestra vida? Debería haber algo más allá de la simple casualidad en nuestra vida personal.

          No olvido que esto es un análisis subjetivo, y que jamás se puede llegar a entender del todo las acciones e intenciones del otro. Aun así, considero que la persona tiene mucho más poder sobre la vida y sobre sí misma del que concebimos, y que no es justo abandonarse a la vida cuando se tiene el poder de tomar el control sobre ella.

          Quiero a mucha gente, y cada vez más quiero a más gente. Los sentimientos se vuelven profundos en mi, y con la razón como directora, avanzo cada vez más en mis relaciones. La profundidad que busco en las personas es encontrada con más frecuencia, y la gente crece y pierde el miedo a hablar de determinados temas. Pese a ello, sigo observando mucho potencial desperdiciado, mucha gente con un poder inconmensurable que sigue privada de su autonomía por culpa de unos pocos desgraciados que les habrán obligado a convertirse en eso.

          Rebeláos, pero rebeláos contra vosotros mismos. No os quedéis en un simple "Soy así", pues no es más que una falacia, una redundancia sobre la personalidad. Esforzaros en ser mejores, en ser capaces de recibir y de dar más. No os quedéis donde os dijeron que estaba la meta, continuad hasta arrollar con todos los límites. Veo personas que ya son únicas y ni si quiera han empezado con su vida consciente. Veo personas que quizá tengan miedo a despertar todos sus monstruos interiores.

sábado, 25 de febrero de 2012

Stalker love

          Hay una parte oscura en mi, una parte de mi monstruo, de mi niño, dedicada tan sólo a la observación del género femenino. Las gráciles figuras qué forman las damas no son fáciles de ignorar. Con sus delicados movimientos y sus dulces palabras, con toda la sutileza de su ser, con la máscara que les caracteriza y les crea, son capaces de tomar el control del más grande de los hombres. Estamos subyugados a una fuerza mayor de la biología.

          Día tras día observo, incluso en silencio. Escucho, intento desenmarañar el telar de sentimientos que hay tras sus actitudes. Trato de ver que es lo que las hace tan especiales, la razón de la fuerza que me impulsa a entregarme.

          Es extraño, y más para mi persona, como un sentimiento superior nos hace desear cosas que debemos repudiar. Se hace tangible, y os doy toda la razón, de que pasamos a pensar con el miembro. Tampoco actuéis como si no deseaseis vernos en dicha tesitura. Hay que matizar, por otro lado, que sentimos cuando nuestro órgano reproductor toma el control. Deberíais saber que en ningún otro momento vamos a ser tan sentimentales ni tan receptivos como entonces. Nunca somos tan mujeres como cuando nos excitamos.

          Es una tiranía de la qué no puedo escapar. Sigo viendo, continuamente, realidades femeninas que me alteran, me enervan y me hacen perder el control. La escasez de racionalidad, la sobreabundancia y la toma de control de los sentimientos que las embargan, el amor irracional frente a posturas, si cabe, más irracionales todavía... Características de lo más comunes entre las mujeres y qué, sin ellas, nada tendría el mismo jugo.

          Es difícil, y extraño... Sigo sorprendiéndome de cuanto espero de una mujer; de cuanto deseo a la mujer que me haga sentir todo eso que espero de la vida. Y me sorprendo, de nuevo, cuanto puedo llegar a querer, a idealizar, a sobrevalorar, a dejarme encandilar por la belleza, en todos sus sentidos, de una mujer; de las mujeres en general.

          Día tras día observo, desde lejos. Es curioso como actúa la gente cuando no sabe que la miran; eso lo sabemos todos. Es muy interesante cuando una chica se ensimisma en su persona. Sus cabellos, que descansan sobre sus hombros, acompañan el movimiento de su cabeza, que busca una idea que ha perdido, o que todavía no ha encontrado, y sus ojos buscan en el mapa que crea con su mirada... La mujer es bella; pero una mujer pensando es maravillosa, es algo que me embarga, que me toma y me lleva.

          Soy bastante enamoradizo, todo hay que decirlo. Creo que ya lo comenté alguna vez. Es un tema recurrente en mi persona. Sin embargo, no puedo evitar esperar mucho de mis compañeros de cualquier tipo. Quiero encontrar una mujer que pueda llenar el espacio vacío que hay en mi persona debido a las expectativas que uno tiene en esta vida.

          Pese a mi continua necesidad de toma de control, necesito alguien a quien entregarme, alguien que me lleve a mi. Soy capaz de tomar las riendas de muchas cosas, pero quizás no de mi monstruo. Necesito esa mujer rubia, morena o castaña que me haga sufrir, que me obligue a amarla por encima de cualquier pero.

          Quizás esté volviendo a una filosofía más sencilla, más llana y simple. Pero, ¿qué diablos quieres que haga cuando te veo tan bonita, tan lista e inteligente, tan potente y solemne, que no deseo otra cosa que fundirme contigo? Y cuando el sentimiento es general, mi corazón se retuerce.

domingo, 19 de febrero de 2012

Las ideas, las personas y el amor

          Soy humano y lo sé. Igual que todos; único como todos. No hay más secreto en el individualismo que en el suicidio. Y claro está que no es lo mismo, pero de todos modos radica en él la esencia de la evasión. Si nos olvidamos de los demás o los subyugamos a nosotros, ya tenemos todas las respuestas. Por lo menos las más importantes.

          El problema es qué, como siempre, cuando algo se vuelve fácil atrae consigo al aburrimiento. El otro, nuestros compañeros, nuestros amigos, nuestra pareja... En todos ellos reside la dificultad de lo inesperado, de lo incontrolable.

          Es lo peor de nuestras vidas, la sensación de que las cosas escapan a nuestro control, de que todo gira, y continua girando, sin tener en cuenta nuestros deseos o peticiones: un sistema lleno de vida que te ignora o te cuida, que es independiente a ti y que subsiste sin tu ayuda. Algo externo a ti que te puede superar, que te puede completar. "El infierno son los demás".

          Por esa misma razón, tras haber hecho apología de la dificultad y el sufrimiento tantas veces, me veo ante la tesitura del amor hacia los demás, de la verdadera relación con el otro. Se me hace importante exprimir esta idea, pues no hay postura que tanto tenga que ver con nosotros cómo la relación que decidamos tomar con los demás. La lucha, el fragor de la batalla, la adrenalina del momento, son sensaciones de lo más apasionantes, pero quizás tan sólo sean sentimientos prematuros.

          No estamos solos, sería una falacia demostrable el afirmarlo. El solipsismo no es una postura y debemos aceptar la importancia del otro. Sin embargo nosotros decidimos nuestro grado de implicación. ¿Qué es más importante, ser único o aprovechar el potencial de los demás? A más te diferencies del resto, menos compartirás con los demás, y por ende, más distante se estará. En dicha situación, ¿cómo puedes esperar conseguir nada del resto?

          Es difícil, eso es lo único que está claro.

          De pequeño fui muy enamoradizo, y aquello vuelve ahora mostrándoseme de una manera inhóspita e inesperada. Al igual que conocía a cualquier chica y un sentimiento de calor y ternura me envolvía, ahora cuando conozco a cualquier persona siempre espero de ella que sea un compañero ideal. Es evidente que nadie lo va a ser; imaginaros pues las posteriores decepciones.

          La idealización es un cáncer para las relaciones sociales. No puedes idealizar a las personas, pues tan sólo obtendrás imágenes deformadas, no ajustables a lo cierto. No puedes idealizar ideas, valga la redundancia, puesto que esperarás cosas que no se pueden obtener. Hemos de ser jodídamente realistas, o la realidad vendrá en estampida a recordarnos donde vivimos.

          Esto, como todo, es una declaración de intenciones. Os he visto. En vuestras casas, en el parque, en el colegio, en la universidad, en el bar, en mi casa, en mi vida... No importa cuantas veces os vea por que siempre llego a la misma conclusión: sois algo externo a mi, algo que no puedo cambiar. Puesto que ya no puedo seguir esperando anteponerme, elevarme por encima de los demás, creo que lo más óptimo será miraros a los ojos, sonreír, y ver de verdad que podéis ofrecerme a cambio de lo mejor de mi.

viernes, 2 de diciembre de 2011

La semilla

          Recuerdo la primera disertación fuerte que hice sobre la realidad. La primera duda que embargó todo mi ser a una tierna edad. Tendría unos diez años.

          Estaba con mi padre en la parte trasera de nuestro chalé, en el pequeño jardín con pinos, el paellero y el estanque, mientras recogíamos unas ramas o algo así. Recuerdo que pregunté algo sobre la realidad, muy inocente yo, y de como nuestro cerebro la procesa. Aunque hasta este punto el recuerdo es algo borroso, tras la respuesta de mi padre recuerdo las palabras que cruzaban por mi mente, las sensaciones que de pronto sentí al ser despojado de una credulidad que ahora no puedo entender.

          Mi padre me dijo que, pese a todo, la realidad no tiene por que ser cierta. No tenemos ningún mecanismo último para demostrar que lo que ocurre ahí fuera realmente está ocurriendo. Tendemos a decir que cuando un gran número de observadores concuerdan en que algo ha ocurrido, aceptamos que sea así. Pero sin embargo nuestro cerebro puede estar engañándonos continuamente. También en esos momentos en los que otros individuos afirman nuestra realidad.

          No me lo pude creer. Por más que le daba vueltas a dicha observación, no encontraba ningún fallo: podía ser. Entonces me puse nervioso, el pulso se me aceleró y comencé a moverme rápido, alrededor de mi padre, preguntándole que como algo tan despiadado parecía tan verosímil: debía haber alguna forma de desmentir semejante locura. Mi padre, con tranquilidad (pues realmente esta idea está más que masticada por una persona que se ha parado a pensar un poco sobre la existencia), me respondía que no por eso podíamos abandonar la creencia en la realidad, pues siempre es lo más real que tenemos, pero que aun así, el problema de la existencia tan sólo individual era algo tangible, puesto que no podemos oír como piensan los demás, que es la sensación más relacionada a estar existiendo que conocemos.

          De pronto imaginé miles de situaciones en las que tan sólo una era la persona que la estaba existiendo. Yo vivía mi existencia con otras personas, pero estas no estaban existiendo realmente conmigo, si no que podían ser fruto de mi mente. Quizás existían, de acuerdo, pero no tenían por que estar existiendo en el mismo lugar o momento que yo. Recuerdo que tras esto siempre me imaginaba, a modo de relato, que cuando nos íbamos a dormir nos descompensábamos de una forma existencial respecto a la gente, pues cuando te duermes, inmediatamente te despiertas al día siguiente: la gente que se había quedado despierta mientras tú dormías... ¿Ya había llegado al momento en el que tú estabas?

          Son ideas muy prematuras, no hace falta que lo juréis. Aun así me imagino que pueden resultar interesantes a aquellas personas que no hayan tenido la suerte de tener una influencia intelectual-filosófica cerca desde siempre. Yo he tenido la suerte de tener unos padres que, cada uno en su campo, me enseñaron a disertar sobre las cosas, a pensar y a ser crítico con todo; primero con uno mismo. Me enseñaron a ser humano y máquina; frío y cándido; razón y pasión; dignidad y locura.

          Hoy es el cumpleaños de mi padre y quería felicitarle a mi manera. Puede sonar pedante, soberbio, meloso, infantil o inconexo. No me importa, es mi manera, y sé que se entenderá.

          Quería felicitarle, realmente, no por cumplir años, la cual cosa no tiene mucho mérito a nivel estadístico. No, se merece que le feliciten por algo más que por sucumbir cada vez más a la entropía: quería felicitarle, personalmente, por el buen trabajo que ha hecho conmigo. No sé si seré lo que se imaginaba, ni si podré cumplir todas las expectativas que me exijo y se me presentan... No sé hasta que punto puedo ser un humano bien hecho. Pero lo que sí sé es como experimento mi vida, como la siento. Como día tras día me siento un poco más lleno, un poco más satisfecho. No tengo ni la más mínima idea de que clase de padre seré en el futuro, pero sin duda uno de la clase que tiene hijos felices, está muy bien.

          Felicitarle por conocer a mamá, y por ende, felicitarla también a ella. He de reconocer, ante todo, que bien diferente hubiese sido mi educación, mi evolución frente a la vida sin el personaje que continuamente crea; sin la energía, voluntad, fiereza y pasión que le pone a cada acto, a cada momento de esta ridícula existencia. Sin todo ese ímpetu, sin toda esta fuerza, sin toda la visceralidad que ella me ha transmitido, seguramente no sería más que una persona lista.

          Juntos habéis creado una persona de la que me siento orgullosa, una persona que me gusta ser. No se si será un buen regalo, pero para mi es el mejor que he recibido nunca.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La motivación del deseo

          Lo que nace de dentro nuestro es lo verdaderamente peligroso. Somos incapaces de tener control sobre nuestro inconsciente, sobre nuestros deseos, ya que por propia definición pertenecen a un sistema que subyace a la consciencia: los instintos, lo animal, pertenece al cerebro reptil que se encuentra bajo la superdesarrollada corteza cerebral humana. Por lo tanto, cada vez que anhelamos algo debemos increparnos. ¿Por que deseamos lo que deseamos? ¿Hay razones para ello? ¿Podrías desear cualquier otra cosa? ¿Tiene que ver contigo lo que deseas o con el entorno? ¿Tiene que ver con algo, siquiera?

          "Podemos decidir hacer lo que queramos, pero no podemos decidir querer lo que queremos."

          Deben existir nociones y tendencias personales que nos hagan desear más unas cosas que otras. Estas existen mucho antes de que seamos conscientes de que nos gusta algo o no: cada nuevo deseo realmente está precedido de toda tu experiencia personal, tanto consciente como inconsciente. No es fácil empresa destilar los verdaderos factores personales del por qué.

          También creo en la importancia de la situación, del entorno, como único factor desencadenante de nuestros caprichos y decisiones. Las relaciones personales, lo que consumimos intelectualmente hablando, de lo que oímos hablar y hablamos... Todo eso nos forma, y tampoco se puede decir que, directamente, formen parte de nosotros. Por tanto es necesario la crítica tanto del yo como del entorno siempre que queramos encontrar la verdadera motivación del deseo.

          Parece que aquí uno peca de racional, pues necesitar entender la pasión para disfrutarla puede llegar a ser una gran traba. Pero no estamos hablando de como vivir una pasión (eso queda en el ámbito íntimo y personal de cada uno), sino de qué cosas hemos de permitir que se instalen en nosotros como deseos. Tratar de encontrar un sistema que nos permita desechar impulsos que estén en contra de nuestra persona consciente, o que vengan de partes de nuestra persona que no nos gustan. Todos tenemos influencias malas en nosotros mismos y en el exterior, y debemos saber de que fiarnos y de que no.

          Es difícil, y jamás intentaré negarlo, conocerse; y mucho más difícil conocerse bien. Nunca sabremos, hasta que haya pasado el tiempo, que cosas debíamos haber elegido, y será todavía más difícil decidir en que cosas nos equivocamos. Somos seres que tendemos a autojustificarnos, convencernos de que realmente deseamos lo que hemos elegido, aunque no sea así: es evidente que tenemos que luchar por nuestras elecciones, pero también tenemos que saber aceptar cuando un impulso en nosotros es negativo; para nosotros o para los demás.

          Considero que no hay nada más agradable que darte cuenta de que estás de acuerdo con tu pasado, y que si no todas las decisiones fueron buenas, por lo menos fueron de las mejores. Debemos pensar que el tiempo pasará, y nuestro yo del futuro juzgará nuestras acciones; y sin duda será el juicio más duro y nos afectará más que ningún otro. En esta vida hay que rendir cuentas, y si nosotros somos nuestro propio deudor, mejor que mejor. Estamos condenados a desear cosas, a tener esperanza en la vida y esperar algo de ella. Como no podemos escapar a tal cosa, lo mejor es esforzarse en que dichos deseos, en que el desarrollo de tu persona, de tus vivencias, siga el camino que tu conscientemente creas, y no el que los estímulos, tanto internos como externos, deciden por ti.