Mostrando entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cine. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de enero de 2015

Bobol V: E. o lo asqueroso Real



          No hay tregua onírica para nuestro protagonista. Tan pronto como como C. desaparece, Óscar parece llamado al paellero, donde como no podía ser de otra manera, le espera E. (Enrique Antequera). Este nuevo personaje se nos presenta verosímil: vestido como un empresario, cordial, incluso parecía estar barriendo el paellero, establece así un lazo entre el plano imaginario, fantástico de Óscar, y el real. Habla con Óscar sin pretensiones, natural y distendido, como si fuese algo cotidiano para él. El gesto trágico de los anteriores personajes contrasta con la efusividad y energía de E., que parece dirigirse a Óscar como a un viejo compañero.

          Tras el saludo pone en alerta a Óscar, quizá de un modo más severo que el resto de apariciones. Nos habla de nuevo de una mujer, de una relación nacida del azar y la casualidad. Podemos intuir lo que ya nos auguraba desde el principio: su historia no tendrá que ver con la trascendencia, con el Otro supremo, ni tendrá toda la carga espiritual que tenían todas las demás. E. es un ser Real, cimentado en la realidad, sin todas las enajenaciones ideológicas que sufrían J. o C. Ni siquiera hay grandes sentimientos en torno a ella, tan sólo una historia que contar.

          E. conoció a la chica porque ésta puso todo de su parte para que así fuese. Pudieron vencer las primeras barreras del contacto humano, pero lo que vendría después no tenía por qué ser del agrado de ambos: E. descubre que la mujer en cuestión es un animal, un puro desecho humano; pero sobre todo es de vital importancia cómo es deleznable a raíz de sus hechos materiales: come mierda, come como un perro. Así vemos como no queda ningún espacio para lo ideal si la realidad en sí es asquerosa; también como E. idealiza la materialidad en si misma, esperando que la cocina, que la comida, sea lo sagrado, lo digno de culto y veneración. Hay algo peligroso en esta inversión de los valores, pues quizá estemos asesinando las ideas mismas, y así poco a poco E. termina por parecernos incluso intimidante, demasiado animal, demasiado unido a la Naturaleza y alejado de Dios y sus enajenaciones.

          Siguiendo su linea de pensamiento materialista, no se niega a subir a casa de la chica dado que, aunque habiendo una decepción en lo correspondiente a las ideas, ésto no tiene porque perturbarle en la materialidad. Vemos en E. un puro ser Real, que sólo puede vivir y desarrollarse en la materia, y que pondrá cualquier afán divino o sacro en ésta también.

          Podemos pensar que E. incita a Óscar para que se acueste con Elena, pues esa conexión sexual es independiente de las Ideas, las cuales quizá ni siquiera existan, mientras que de la carne no se puede decir lo mismo, real y sensible como ella sola. Quizá sea todo lo contrario, y con la insultante imagen que ha presentado de si mismo disuadirle de caer en las tentaciones del cuerpo, sucias y terribles, sin ningún sentido como él cuando se despojan de su marco ideológico. Así E. nos habla de lo Real y del peligro que éste también tiene. No todas las decepciones vienen de las ideas, y la misma realidad puede perturbar y destrozar éstas.

          Volvemos a ver a Óscar oculto en si mismo, y es sacado a la superficie al escuchar la voz de Elena, la cual aparece donde antes estaba E., buscándole. Discuten brevemente sobre la ausencia de Óscar allá a donde Elena había escapado, ignorante ella de la incapacidad de éste para escapar de sus alucinaciones y cadenas; mentiroso él creando una aureola de dignidad con la que justificar la falta a su cita. Así consigue convencerla de que no se debía a ninguna debilidad, y quizá ya más seguro de si mismo, se decide a besarla.

          Pero para conectar en la intimidad con una persona hace falta más que una posibilidad física. Si bien la situación a propiciado el encuentro de los dos jóvenes, el terreno ideológico no está todavia sellado, y se tambalea. Óscar siente sus inseguridades y sospechas observándole, y él parece fuera de escena también; quizá él mismo podría ser C., que se acerca a ellos hasta finalmente tocarles las manos. Una tercera presencia, quizá la de él mismo pero negando la situación, y no entregándose a ella, hace perder el control a Óscar, y Elena, decepcionada, le golpea y se retira entre lo que podríamos considerar un llanto apagado.

sábado, 3 de enero de 2015

Bobol IV: C. o el Dios loco





          Lo primero que observamos al caer la noche es de nuevo la abstracción de una persona en si misma, pero en este caso es Elena quien se aleja de la situación real. Sumida en sí, se maquilla frente al portátil mientras Óscar está en el baño. Sin embargo, es tan sólo una distracción puntual dentro de su omnipotencia, pues es después cuando cae en lo extraño de su comportamiento, aun no pudiendo concebir de qué podría tratarse.

          El religioso se atañe a su condicional mortal para justificar su inaccesibilidad a lo divino, dejando en manos de él todo el trabajo. En cierto modo la veja, abandonándola a la triste tarea de recoger leña, que el mismo consideraría mundanal, generando así un juego de espejos entre el rechazo hacia el trabajo físico y hacia ella. Por medio de la letra, resultado del estudio en busca del conocimiento, niega justamente aquella resolución a la que había llegado, refugiándose en el medio en lugar de llegar al fin. Consciente de su necesidad por Elena, aun así huye de ella y la esquiva. Elena acepta fáciles excusas cimentadas en lo banal, completamente contrarias a la naturaleza del problema, y acepta volver a su estado de gracia y dicha.

          Los Dioses, sin embargo, perteneciendo a otra esfera de la realidad, siempre tendrán otras tareas, otros lugares, otros placeres, a los que nunca podremos pertenecer. Elena, que no está hecha de carne como Óscar, sino de divinidad, se marcha a esos otro lares, a su Olimpo particular, sin caer en la imposibilidad que supone a su pareja acceder a los mismos.  Confiando, o quizá más bien creyendo, del mismo modo que él cree en ella, de que finalmente aparecerá y se vencerá a si mismo, como el heroe que él es a sus ojos.

           Tan pronto como ella desaparece, nuestro personaje vuelve a caer en su abismo. Otra alucinación, otro fantasma, se aparece frente a él, esta vez más onírico e irreal que nunca. C. (Carlos Galvany) vuelve a evocar el pasado, y su historia vuelve hablarnos de un amor, de una mujer. En principio positiva, su aventura esconde un horror contra el que nada podemos hacer: pudiendo ser aceptado y querido por lo deseado, éste puede tratarse de un ser enfermo y viciado.

          La relación hombre-Dios siempre nacerá en una situación de desigualdad por su misma formulación. Si bien Dios puede amar al sujeto creyente, siempre se encontrará por encima de éste. Si además, como nos presenta C., la mujer a la que adoramos nos somete, nos subyuga a ella, ésta no podrá crear sino el mayor de los servilismos, pues nosotros desde un primer momento ya nos arrojamos a sus pies.

          C. habla, como ya anunciabamos en el título, de la posibilidad de un Dios loco y enajenado, el cual pudiendo otorgarnos una vida rica en alegría y espiritualidad, nos obliga a pagar unos diezmos demasiado grandes, que nos anulan y anegan en su infinitud, cayendo así en una espiral de destrucción propia y ajena. El amor todo lo puede, y así C. es capaz de aceptar tal fatal destino, quizá empujado igual que Óscar por las obras de Literatura que leyo en su adolescencia

          Tal situación sólo puede empeorar, y más con un carácter caprichoso y ególatra como el que nos describe C. de su chica. No tardarán pues en sumarse externos factores para precipitarnos más todavía hacia nuestro triste final. El Dios no se contentará sólo con nosotros, y pedirá más, a la par que pide más de nosotros mientras nos olvida.

          Finalmente C. logró escapar de su tormento escogido, y aun tratándose de la mera voluntad de su persona, le explica a Óscar lo épico de su hazaña. No es fácil deshacernos a nosotros mismos, y las decisiones que tomamos antaño nos perseguirán más tiempo del que nosotros quisiéramos, pues qué son sino nuestro presente.

          El final de su monólogo también esconde un importante mensaje para Óscar: la igualdad, en cualquiera de sus acepciones, es necesaria. Elena no deberá gobernar sobre él, pero tampoco puede esperar que se rebaje por su causa. Ambos deben caminar juntos, o la locura se instaurará en sus vidas.

          C. espera que Óscar actúe con consciencia, 'que no se deje llevar'. Enigmatico mensaje de este estrambótico personaje que acaba pareciéndonos tan enfermo como el Dios al que adoró, se despide directamente de nosotros, saludando a cámara, haciéndonos más partícipes de la locura de Óscar, de su propia locura, de la locura de los Dioses.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Bobol III: J. o el sueño divino




          Una vez aceptamos que nada se puede hacer, cuando perdemos la esperanza y nos entregamos, encontramos una verdadera paz. Fight Club siempre será adolescente, pero algo podemos también aprender de ella. Óscar acepta su derrota, aunque parcial, y no duda en sentarse a beber con la decadente figura frente a él configurada. No sólo acepta su presencia sino que además parece resultarle incluso anodina: no la toma en serio, parece aburrirle. En la locura encontramos pues el destello de soberbia y potencia que no encontramos en su Yo normal.

          J. está tranquilo y parece tener algo importante que contarnos. Del mismo modo que él no se presenta, y accede directamente a su historia, nosotros obviaremos su procedencia, para poder centrarnos sólo en el nucleo de aquello que diga: será un símbolo abstracto para nosotros, pues no es Real ni tiene una relación con ello. Aunque sí hay que mencionar una relación de este ente con una parcela de la realidad: el Pasado. Deberemos mantener en mente ésto durante todo el mediometraje: la importancia que tiene el Pasado en la Locura.

          Empezamos hablando del Infierno, para llegar a Dios, y con éste debe llegar también el Paraíso. Para todos existe esa 'lugar ideal', donde una vez fuimos felices, pasamos nuestra infancia, vivimos nuestra vida. No sólo es un lugar sino también un momento, porque conlleva situaciones, y así J. nos habla de sus veranos en la playa. Allí él encontró a su ser Divino y así accedió al Paraíso, en la mejor de las situaciones, rodeado de su lugar y de su momento.

          Pero los fantasmas nunca vienen a alentarnos, sino a prevenirnos de la cercana disolución de las cosas. Con un tono absurdo, unos escenarios divertidos, porque creer que un sueño fue realidad siempre será infantil, J. desvela como su ensoñación desapareció de la noche a la mañana y ese acceso a lo trascendente no le salvo de la vuelta a la realidad. Al contrario, hizo de ella un nuevo Infierno, pues tras haber experimentado el éxtasis cualquier otro goce nos parece nímio e insustancial. El mar se congela, las personas cambian y todo pasa a tener un color desagradable, sucio, en comparación a aquello que tan feliz nos hizo.

          J. nos recuerda que ese acceso a lo Divino no tiene por qué suponer nada. Nosotros somos quienes creamos nuestras realidades y por esa misma condición podemos despertar de ellas, y bien importante es ser consciente que nada volverá a ser lo mismo tras esa efimeridad en lo sagrado. Nada volverá a parecernos digno en la vida excepto esos momento dónde estuvimos en el más allá con Dios, en la playa, entre los pescadores. Ésto nos volverá ridículos, haciéndonos negar la realidad, conscientes de la verdad de la misma, pero incapaces de anteponerla a nuestros sueños y aspiraciones ahora rotos. Uno se vestirá de hawaiano aunque veranee en la montaña, rodeado de nieve, negando el exterior porque el regreso a la realidad fue demasiado duro como para poder seguir lidiando con ella.

          Óscar debe entender el peso que tendrá el día de mañana lo que hoy haga. No habrá vuelta atrás, no podrá volver a su monasterio a rezar tras tocar al ente divino, pues el ya no volverá jamás a ser el mismo, y éste podría no quedarse, abandonándolo en tierra de nadie. Óscar debe prepararse en lo Real su acceso a lo Trascendente, pues este primero mismo cambiará en su contacto con lo mágico.

          La realidad niega, lo externo confirma cómo semejante tarea siempre supondrá demasiado para un hombre. No podemos evitar que nuestros sueños, esas imágenes irreales que por alguna razón nos asaltan por las noches, impregnen la vida misma, y la transforme. El peor sueño no es aquel dónde sufrimos, sino aquel dónde somos felices de verdad, para posteriormente despertar. ¿Deberíamos arriesgarnos a tener este tipo de sueños?

viernes, 21 de noviembre de 2014

Bobol II: Óscar y Elena


        


          La realidad es ridícula, absurda, insultante. Óscar se nos presenta débil, pusilánime, sin un ápice de confianza, y mucho menos con capacidad para enfrentarse a la realidad. El Otro, y él mismo también, le imponen una especie de ostracismo, y de la vida misma se ve expulsado. Cómo presentar esta distancia con el mundo real y no-acceso de lo trascendente, representado por la Mujer, sino con una metáfora de la imposibilidad para el acto sexual: gracias a él la existencia de la especie se perpetuará y habrá una trascendencia más allá de nuestra vida en el Mundo, a la vez que nos une íntimamente con el presente, con el Otro, es decir, con la Realidad. De nuevo, la relación con la Mujer se presenta no como algo más en la vida, sino como eje rector de la misma, central y constante, que modulará todo lo demás.

          Elena es quien saca a coalición las necesidades de la pareja, y también se presenta como guía para Óscar. Experimentada en el mundo real, con el que Óscar no sabe lidiar, y en el fantástico, al que Óscar todavía no ha accedido, es conocedora de todo e ilumina el camino de nuestro protagonista: en esta escena el juego de luces y sombras nos puede hacer creer que Óscar está experimentando una aparición mariana, mientras que un plano más apagado se nos presenta a Elena, como un ente mucho más real, sin la trascendencia que parece estár sufriendo Óscar. Elena sólo es Dios cuando es vista a través de los ojos de Óscar. La realidad es tal y como se nos presenta al inicio de la conversación: normal, de carne.

          Ésto no se mantiene así durante mucho tiempo, pues el absurdo de nuevo, la cotidianidad de los días, la inercia, entra en escena cuando empiezan a hablar de la comida familiar. En éste momento Elena pierde su condición divina, aparece ella también iluminada, insegura, ante Óscar, el cual toma una actitud más segura de si misma y la rodea con sus brazos. Conforme Óscar comienza a interceder con la vida real de Elena, su familia, ésta deja de ser inaccesible, se rebaja a su plano, y hay incluso cierta violencia de Óscar hacia Elena cuando hablan de la comida de su madre. Sólo cuando destronamos al ente sagrado podemos realmente interceder con él.

          Aun así no podrá permanecer en este estado de soberbia, ya que pronto Elena vuelve a la trascendencia, a lo importante, dejando a un lado lo fútil e innecesario. Óscar es incapaz de aceptar en su totalidad que el entorno divino lo acepte, por su rechazo de sí mismo, y debe crear narrativas alternativas para justificarlo. Elena trata de evitar que vuelva a desconectar de la situación, pero se le hace imposible. 'Meta-física' reza sobre el cuadro que atrapa a Óscar, caras misteriosas y desconocidas le sonrien, lo surreal le envuelve por su misma incapacidad ante lo real, y las sombras tiemblan a su alrededor anunciando el pronto desmoronamiento de la situación.

          Evitando el acceso a la locura, a la inseguridad, a si mismo frente a Elena, decide excusase, y esta vez sale físicamente de la habitación, para volver a estar solo y no sólo con sus pensamientos.

          No es fácil en las situaciones tensas, en las que nos encontramos bajo una presión real o imaginaria, mantener la cordura, saber diferenciar entre nuestras emociones y lo objetivo. Así Óscar se encuentra con J. (Javier Temprado), el cual, sereno, bebiendo cerveza, oculto tras unas gafas de sol, le canta como quien canta a su gran amor. El servicio, donde Óscar esperaba encontrar intimidad, es invadido por un agente extraño, del cual Elena parece no saber nada.

          Nuestros fantasmas nunca vienen solos, y siempre tienen un plan, un motto. Así, J. parece reunirse con otros individuos de igual corte grotesca. Entramos así a ser partícipes de la enajenación de Óscar, pues igual que él vivimos sus fantasmas como seres reales: y es que para un loco nada más real hay que sus miedos y fantasías. Observándolos nosotros como reales entramos en su proceso de enajenación.

          Elena no está ahí sino para liberar a Óscar, y la danza reluce por su componente expresiva y destructora de cadenas. Más conciliadora baila para él, con su continuo cigarro encendido, su sonrisa concesora y llena de vida, se establece una dualidad clara entre sus movimientos y los de Óscar. Ésto genera también una sensación de incomodidad; y es que no hay liberación sin violencia, no hay libertad sin lucha. Aunque intenta vencer sus miedos, es incapaz.

          Ella sigue bailando, tratando de inducir a Óscar, pero vemos como pronto pierde su conexión con él y comienza a bailar para ella sola, creando más distancia todavía que la física que en el momento les separa, perdiendo su apariencia de debilidad pasando de un plano picado a contrapicado. Canta, gesticula, y parece un ser de otro calibre comparada con Óscar. La Mujer, si bien sus instintos son divinos y no busca sino mejorarnos, peca a veces de falta de consciencia frente a los problemas que no entiende. Su éxtasis no es más que contraproducente para nuestro beato.

          Vuelve a excusarse, pero esta vez es diferente y la oscuridad se prevee en su rostro: esta vez se está entregando a los brazos de la locura, no trata huir de ella, viaja al pozo más profundo de su ser (o del ser de su amada), como un ciego a tientas esperando encontrar algo que le ayude a continuar.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Bobol I: Introducción

(( Me he planteado analizar desde una perspectiva personal el mediometraje que hará dos años grabamos mi grupo de amigos. Ricardo Jornet nos propuso escribir cada uno una intervención en el guión, para ser posteriormente interpretado por nosotros mismos, dirigidos por él. Además el corto tendría otra particularidad: debía ser grabado en 24 horas.

Los comentarios aquí vertidos son personales y no tienen por qué coincidir con la opinión de sus creadores, ni mucho menos ser conscientes de las mismas. Se trata, como ya he mencionado, de un análisis personal.

Dada la duración del mediometraje, unos cuarenta minutos, lo dividiré en diferentes entradas, cada una acompañada de su correspondiente vídeo que editaré en función del texto escrito. En caso de que quieran visionarlo en su unidad, pueden acceder a él a través de este link. Recomiendo, evidentemente, ver cada clip antes de leer el texto.

Ante todo, ésto es un homenaje a mis amigos, a nuestro grupo, a nuestro tiempo.))




          El infierno, aunque inmutable, sólo se nos aparece a través de la contingencia de los días. No hay grandes gestas como en la literatura clásica, ni héroes magnánimos que se enfrentan a la Historia. El infierno es accesible a todos por su justa facilidad para aparecer en los distintos momentos de nuestra vida, y todos debemos enfrentarnos y escapar de él, aunque tengamos la seguridad de que más tarde volverá a aparecer.

          Si hablamos del infierno debe existir un Dios, y hablando de él empieza su monologo Óscar (Roy W. Cobby), el protagonista de nuestro cortometraje 'Bobol'. Si bien liberado desde joven de su influencia, es cuestión de tiempo que rellene este espacio simbólico con alguna otra entidad, y ésta será la que haga posible la existencia de este tormento del espíritu, al que sólo acceden los creyentes; en nuestro caso, los enamorados.
 
          Pues es Óscar quien es guiado por el espíritu de los Sabios, e indagando en el alma humana a través de diferentes formas del Arte y Ensayo, concluyó no podía haber fuerza superior que aquella que despierta la mujer en el espíritu del hombre, pues infudía en el individuo esa exaltación sólo atribuible a los Dioses griegos en sus amados guerreros, y perpetuada en la historia occidental por la “Iluminación” que otorgaba el camino del Señor. Así pues, si el Amor era ese sentimiento original, la Mujer debía ser Dios.

          Merece un inciso plantearnos por qué no tomar la vía de Bakunin, y liberarnos de un Dios que se eleva por encima de nosotros. Si llegamos a la conclusión, como suponemos hizo Óscar, de que a través de él encontramos la catarsis, la exhaltación de nosotros mismos, es decir el Arte, en cualquiera de sus formas, y por ende el proceso creativo, siendo quién nos permite ese acceso al Absoluto, esa materialización de lo Infinito en lo finito, matar a un ente tan bello no supondría sino un sacrificio demasiado grande. Óscar debía crear un Dios, le dijo la Historia, si quería acceder a la Estética, aquella de la que le hablaron los Sabios.

          El sentimiento religioso, pues, anega a la persona, dejándola en ese estado de enajenación frente a la obra del Señor, y así consideramos todas sus formas como divinas, que nos aterran e intimidan. El monje, el fraile, vive de la mera contemplación y discurso de dicha obra, siendo piadoso con ella, dejando a otras formas de religiosidad el actuar frente a las mismas. Óscar pertenece esa primera forma pura de profesar su fe, más pura y teórica, mientras sus amigos y compañeros jugueteaban directamente con Dios y sus formas.

          Pero como todo hombre de fe, ésta debe ser puesta a prueba para comprobar si es verdadera, y así es como Elena (Sara Picó) aparece, como irruptora directa del Dios que acepta interceder con el individuo, aceptándolo, pero todavía ella perteneciente a la divinidad no alcanzada: Óscar, estático, permanece impasible e inmanente en el chalé de Elena, rodeado de vivos colores y graciosas formas, un lugar completamente ajeno al ascetismo que de él podríamos imaginar, y aun así abstraído en sus pensamientos. Elena, sin embargo, entra y sale del plano, dueña de él, moviéndose de manera grácil, distendida. Fuma y el humo la envuelve, misteriosa de negro y ajena a la aparente realidad de Óscar, se presenta como una figura peligrosa pero encantadora.

          Debe ser Elena la que se acerque a Óscar para que despierte de su monologo interior, expulsándolo así del plano consciente en el que tan seguro se encontraba y obligándole a enfrentarse así con su nuevo infierno particular: la relación Real con el ente sagrado.  

lunes, 27 de febrero de 2012

The Wall

          Es interesante el mar de fuerzas, de emociones y de pasiones que sentimos en nuestro interior. Implacables energías que nos impulsan en una dirección, convenciéndonos de que algo es beneficioso para nosotros; quizás todo lo contrario. Es curioso como decidimos que voces somos nosotros y cuales no; el sistema que utilizamos para quedarnos con lo que consideramos el yo.

          Es un importe dilema en torno a la sociabilidad. Tenemos cantidad de razones tanto para aislarnos como para entregarnos a los demás. Nuestro interior, nuestra psique, nos grita desde lo más profundo palabras, ideas que no llegamos a entender, contradictorias entre si. En un pasado todo pudo ser brillante y claro, ahora las ciénagas y las dudas toman el control.

          ¿Qué somos nosotros, realmente? ¿Cuáles son las decisiones que tomaría yo? ¿Quién soy yo? Siento el instinto anidador de Ikea en mis ideas, con mi vida. Tengo que encontrar las decisiones que me definan como persona, que creen la imagen que espero de mi.

          Podemos haber trabajado mucho en nosotros mismos. Podemos haber forjado una realidad dura y consistente, realizada en si misma y contenta de su propia existencia. Puede que incluso la gente nos apoye y nos anime a seguir con ello. Pero cuando algo cambie, cuando las fuerzas viren de sentido y desees tomar el camino contrario, ¿de qué sirve entonces toda la energía empleada? Somos todo menos algo puro. Cuanto más creemos posturas absolutas, más nos tendremos que esforzar en el futuro de cómo resolverlas.

          El resto y el entorno siempre juegan un papel determinante en el desarrollo de nuestros impulsos. Las ideas que surjan en nuestra cabeza tendrán que ver con la realidad y el proceso cognitivo de procesarla. Parece increíble como las ideas nacen en nuestra cabeza a partir de un desencadenante externo; es algo que he hablado muchas veces con mi padre: ¿cómo aparecen las ideas en nuestra cabeza? Es como escribir. Tú no eres consciente de las ideas que surgirán, pero tienes un bagaje intelectual y de experiencias con las que tu cerebro formará respuestas frente a una realidad dada. No ponemos las ideas en nuestra cabeza, estas emergen tras la filtración de la realidad. Por eso mismo, si queremos que nuestras ideas sean lo más correctas posibles, hemos de preocuparnos de no estar recibiendo simplemente una porción de la realidad, un submundo que nos haga tomar decisiones ignorando todo lo demás que nos rodea.

          El muro, o la creación de él, es muy interesante a la hora de analizar nuestra comunicación. Todos hemos sufrido la soledad en algún momento. Todos nos hemos sentido extraños respecto al resto y hemos sentido la necesidad de distanciarnos de todo, dado que la realidad que obtenemos tan sólo nos daña. Y entonces, en medio de toda esta confusión, desasosiego, ira, miedo y tristeza, creamos nuestro duro e infranqueable muro.

          Un muro de sentimientos, de rechazo, de ideas y de posturas que nos separa del resto. Este muro es más fuerte en determinadas zonas según la persona. Hay quien teme al sexo, al amor, a la amistad, al odio, a la soledad... Y a razón de ello generan una armadura tan irreductible que en ocasiones se olvida dejar una puerta para poder salir.

          Volvemos a lo mismo de siempre: no podemos necesitar cosas. Es débil el tener dependencias, pero todavía más mísero el desconocer su raíz. Continuamente hablo de la necesidad del juicio sobre uno mismo, sin perdón ni piedad. Al igual que debemos tener un intelecto sano y fuerte, nuestra sociabilidad no puede ser diferente. No podemos permitirnos andar con el muro a nuestras espaldas continuamente. En su momento pudo ser necesaria su creación, pero ya no.

          Hemos de evolucionar, no importa que. Si en un momento construir el muro fue necesario, en otro instante su demolición será la única posible vía de salvación para el individuo. "Todo individuo potente necesita de una máscara", como bien dijo Nietzsche, pero hemos de ser más fuertes que él también. Debemos conseguir mostrarnos al mundo tal y como somos, luchando contra el resto en pro de nuestro propio entendimiento, para así poder sortear el abismo de la comunicación con el otro, y poder sentir al fin que no estamos solos. Quizás tras la ardua batalla por derribar el muro consigamos sentir que alguien hay ahí fuera capaz de entendernos.

domingo, 16 de octubre de 2011

Los Agentes Morales

          "Ese sistema es nuestro enemigo. Pero cuando entras, ¿qué ves? Hombres de negocios, profesores, abogados, carpinteros... Son las mentes de los mismos que intentamos liberar, pero hasta que no lo hagamos, forman parte de ese sistema, y eso hace que sean nuestros enemigos."

          Los Agentes son programas que pueden entrar y salir de cualquier software conectado a Matrix. Es decir, cualquiera que no haya sido desconectado puede ser uno de ellos.

          Esto nos propone un interesante concepto filosófico, como casi todo en Matrix.

          Cada persona tiene su moral. Todos alegan haber trabajado mucho en la suya, y ser muy estrictos con ella. La gente se plantea continuamente qué cosas están bien, cuales mal, que harían en una determinada situación, etc... Sin embargo, toda suele reaccionar igual hacia un mismo suceso no cotidiano, poco convencional o extraño. Siempre es lo mismo: incomprensión, rechazo. La gente, por mucho que alegue a la construcción de su propio código moral, después ante la novedad se atañe a lo convencional.

          ¿Qué ha ocurrido ahí? ¿Por qué esa reacción moral hacia algo que no has entendido? ¿Evidencia falta de compromiso con el código moral de cada uno o, simplemente, debilidad? ¿Acaso no son lo mismo?

          Realmente no es algo que se le pueda echar en cara a nadie, pues toda persona que no esté desenchufada de Matrix no puede hacer nada contra ello. Son los "Agentes Morales", que cuando no sabemos como actuar hacia algo chocante, o cuando hay una fuerte imposición social, toma el control de nuestro cuerpo y nos hace actuar "como es correcto".

          Aunque pudiese criticar que toda norma social está mal, no van por ahí los tiros. Los Agentes son necesarios, pues nos salvaguardan ciertas situaciones. Sin embargo, el problema aparece cuando el Agente realiza algo que choca con nuestro propio código. Es decir, cuando nuestro Agente nos traiciona a nosotros mismos.

          Este agente es capaz de juzgar actos de una manera diferente a como habríamos obrado nosotros, si no contraria. Incluso puede luchar contra algo que nos gusta, que aceptamos o que nos nutre. Dichos Agentes pueden volverse nuestros enemigos.

          No podemos olvidar que esto no es Matrix, y que tan solo nosotros somos culpables de que los Agentes tomen el control de nuestra "interfaz gráfica". Si olvidamos ser justos, sinceros y consecuentes con nosotros mismos, entregamos nuestra existencia a todo tipo de Agentes que poco o nada tendrán que ver con nosotros. Nos fallamos a nosotros mismos.

          Hemos de luchar por evitar que los Agentes nos traicionen, y esto tan solo se puede conseguir eliminándolos; tratar de liberar al mayor numero de personas de sus "Agentes Morales", pues han de ser ellos mismos los que determinen sus acciones, no algo impuesto; transformar aquellos Agentes cuya destrucción sea inviable socialmente.

          Nuestra libertad está por encima de lo que Matrix nos diga.

          "¿Estás escuchándome, Neo? ¿O estás mirando a la mujer del vestido rojo?"

jueves, 22 de septiembre de 2011

El disparo en la cara de Jack

          Conforme vemos pasar nuestra vida, nuestras aspiraciones crecen a pesar de que las oportunidades se van reduciendo. "Dale el suficiente tiempo y el porcentaje de supervivencia baja a cero." Aun así nos esforzamos, en la medida de lo posible, en alcanzar dichas metas, conseguir nuestros propios logros y "aclimatarnos" a nuestro entorno. Pero... ¿es esto suficiente? En el supuesto de que estuviésemos equivocados, ¿tendrían esos méritos alguna importancia?

          En nuestra sociedad, hoy en día, deben haber muchísimas personas como Jack, mucho nihilista pasivo. Y eso no supone mayor problema a nivel general, ya que mientras sigan viviendo, mientras no les falten los medios de una sociedad moderna, no habrá ningún problema. Pero, ¿hasta que punto esa persona esta desaprovechando un potencial humano que, desde una perspectiva socialista, deberíamos poder disfrutar todos? Por no hablar de la satisfacción que a él mismo le producirá.

          Jack, en un intento de subsanar tal deficiencia, crea a su alter-ego Tyler Durden. A rasgos generales, es todo lo que él desearía ser. "Me veo como quieres verte, follo como te gustaría. Soy listo, capaz y, aun más importante, libre en todos los aspectos que tú no lo eres."

          Por desgracia, termina por perder el control, y lo curioso es como Jack se libera de él. Fue bien sencillo: si Jack era Tyler, si no Jack, no Tyler. Y se disparó en la cara.

          Este tiro no le mata, pero sí acaba con Tyler. El tiro simboliza el control que toma de si mismo en ese momento, superando todos sus miedos y aceptando qué a lo único que se tiene que enfrentarse es a su libertad. Y solo en ese instante, deja de ser necesaria su enajenación, es capaz de terminar con todo su metamundo y enfrentarse a la realidad en la que se encontraba.

          Todos, de algún modo, necesitamos ese alter-ego, esa aspiración perfecta, ese Dios que seriamos nosotros. Pero esto no puede devorarnos, como ninguna otra cosa en la vida, a la cual hemos de enfrentarnos con toda nuestra ferocidad, fuerza y decisión, aceptando que si debemos de hacer algo, debemos hacerlo. Si no se tiene la fuerza de voluntad necesaria, uno dejará de tomar sus propias decisiones, y otras fuerzas le arrastraran. En ese momento el precio a pagar por su liberación, quizás, sea demasiado alto. Por esta sencilla razón, cualquier acto, por descabellado que parezca, puede tener toda su lógica interna y utilidad, ya que puede significar la diferencia entre ser un esclavo o no.

          Es importante ser lo que deseamos, por una simple relación de igualdad entre lo felices que somos y el bien que podemos hacer a los demás. Cuanto más potencial tenga una persona, más bueno podrá ser con el resto. No necesitara crear enajenaciones tan firmes que modifiquen su propia existencia. Y en ese momento, se será libre.

          "La libertad no hace felices a los hombres, los hace simplemente hombres." - Manuel Azaña